Miércoles 4ª semana de pascua (Jn 12,44-50)
El que cree en mí, cree en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. He venido como luz, así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Al que oiga mis palabras y no las cumpla, no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo. El que no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que he dicho lo juzgará. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir. Y sé que su mandato es vida eterna.
Jesús se presenta como manifestación de Dios
Habiendo constatado el rechazo de Israel como pueblo, el evangelista todavía deja la puerta abierta a que cada uno personalmente responda al llamamiento de Jesús.
Una vez más reitera el carácter liberador de su misión. Jesús y Dios no tienen otro objetivo que liberar a los hombres de todo aquello que les impide desarrollarse. La institución religiosa imperante era el mayor obstáculo.
No existe ningún dios soberano absoluto que gobierna desde el cielo a sus súbditos. No pretende pleitesía ni vasallaje. No se impondrá por el poder o la fuerza.
El último día será el de la muerte en cruz, cuando se manifieste el amor definitivo y absoluto al ser humano. Esa muerte será la prueba definitiva contra ellos.
Jesús habla de lo que ha vivido en lo hondo de su ser. Allí descubrió a Dios, comunicándole lo indecible. El centro del ser es el lugar donde hay que escuchar a Dios. En la profundidad del ser está siempre hablando.
Jesús está seguro de que lo que dice comunica Vida, porque está hablando de lo que vivió. La Vida de Dios comunicada es la mejor garantía de autenticidad.
Fray Marcos
