Domingo II de Adviento
7 de diciembre
Mt 3, 1-12
Con demasiada frecuencia, los textos sagrados de las religiones teístas muestran a un dios amenazador y castigador. Amenaza y castigo quedan validados como medios eficaces para lograr una transformación de las personas, olvidando el presupuesto que los sostiene y los efectos que producen.
El presupuesto no es otro que una antropología marcadamente pesimista y negativa, para la que el ser humano es defectuoso en su origen –“pecador”, en lenguaje religioso-, por lo que necesita de la amenaza y del castigo para evitar que se desvíe.
En cuanto a los efectos, tal vez el más funesto sea la validación del castigo como medida adecuada, idea que, en la práctica, viene a alimentar la creencia cruel de que hacer daño a la persona es el camino para mejorarla.
Desde una antropología más ajustada, parece claro que cualquier castigo que busca hacer daño -hacer que la persona se sienta mal- no puede nunca producir efectos saludables.
Se hace urgente superar la imagen de un dios castigador para superar, al mismo tiempo, la creencia en el castigo, tan inoculada en nuestras mentes, como arraigada en la sociedad y habitual en las relaciones cotidianas.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
