(Mt 3,1-12)
El Adviento va avanzando como lo hace el otoño en nuestros campos y ciudades. Las hojas caídas, los tonos anaranjados y marrones, las migraciones de algunas aves… todo nos habla de cambio, de transformación, de una vida nueva escondida en el aparente expirar de la naturaleza. La primera lectura de hoy, del profeta Isaías, comienza diciendo “en aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago” y el contexto del texto nos sitúa en un bosque (el de Judá) cuyos árboles han caído, pero donde subsiste un tocón, el de Jesé, el de David. De él Dios hará rebrotar la vida para su pueblo. También nosotros, acompasados por la naturaleza y su despliegue vital, abrimos nuestro corazón a este tiempo litúrgico que, desde la promesa de un nuevo nacimiento, es siempre llamada y oportunidad de conversión.
Juan Bautista es un personaje “otoñal”. La palabra otoño viene del latín autumnus, que significa “llegada de la plenitud del año”. Con su mensaje y sus acciones, Juan nos recuerda que se ha cumplido el tiempo, que con Jesús empieza una nueva etapa donde la historia llega a su plenitud. “Lo nuevo se abre paso”, nos recuerda, invitándonos a disponer nuestro corazón y nuestros ojos para reconocer esa novedad.
“Convertíos porque ha llegado el reinado de Dios”, predicaba Juan y, para llegar a él y poder escucharlo, las personas tenían que realizar un “nuevo éxodo”: atravesar el desierto y dirigirse al río Jordán. Esos espacios geográficos, tan potentes simbólicamente, nos invitan a la conversión de la que Juan habla. Una conversión que no es meramente cambiar determinadas acciones o planificar qué cosas haremos desde una lista de buenos propósitos. Convertirnos (mejor dicho “ser convertidos”, porque es pura gracia) supone una verdadera y radical transformación personal de mentalidad, de corazón, de entrañas… que tenemos que suplicar como don y, al tiempo, disponernos a ella. Como lo hace la naturaleza en el otoño, Juan nos invita a dejar que muera lo que sea necesario para esa vida nueva que es promesa y, al tiempo, certeza.
El resto de su predicación continúa llena de símbolos: el hacha que corta la raíz, el rastrillo para aventar la paja, el fuego que arde… Mateo pone en boca de Juan el Bautista un mensaje apocalíptico, propio de un personaje profético que se halla en esa transición entre “lo antiguo” y “lo nuevo”. Él mismo lo señala: “yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
Juan no se anuncia a sí mismo, sino a Jesús. Sus palabras están cargadas de la pasión del convencimiento y de la premura de la inminencia y con ellas hace hincapié en esa transformación radical que supone la conversión. No basta con talar el árbol, del que siempre puede haber renuevos, sino que es necesario cortar desde la raíz aquello que no permite que el reinado de Dios se abra paso en nosotros y en nuestro mundo.
“Dad los frutos esperados de la conversión”. ¿Cuáles serán los frutos que mi vida dará si me dispongo en este tiempo a dejarme convertir por Dios? ¿Cómo puedo allanarle el camino para que Él actúe con libertad en mí? ¿Qué desierto me toca recorrer? Juan nos invita a hacernos estas preguntas. Con total seguridad tendremos que morir a algo, como sucede en el paisaje otoñal que contemplamos en nuestro caminar cotidiano, pero la promesa de una nueva vida nos acompaña y alienta.
Inma Eibe, ccv
