Cuando cada año celebramos la fiesta mariana del 8 de diciembre no pocas mujeres sentimos un cierto malestar porque no nos reconocemos en ese ideal femenino que María, la madre de Jesús, parece representar. Su figura aparece tan idealizada y tan excepcional que difícilmente podemos identificarnos con ella y sentirla como compañera de camino y referente para nuestro cotidiano camino de fe.
A lo largo de los siglos se ha ido construyendo una imagen de María de Nazaret que respondía más a los ideales masculinos sobre las mujeres que a lo que las mujeres, en realidad, sentían que eran sus vidas y lo que deseaban hacer con ellas. Esa imagen, aunque buscaba reflejar los vínculos de fe con la madre de Jesús, colaboró en la legitimación de modelos de género que subordinaban y silenciaban a las mujeres.
La descripción de María como una mujer obediente, virgen y madre hacían de ella un ser excepcional que ponía ante el resto de las mujeres unos ideales que no solo no podían alcanzar, sino que convertían en pecaminosos o ilegítimos cualquier otro deseo o ideal que una mujer pudiese concebir para sí misma. Por suerte, no está todo dicho sobre está mujer nazarena y quizá podamos hacerle justicia recuperando su historicidad más allá de la idealización atemporal con la que muchas veces ha sido descrita y escuchando lo que las mujeres contemporáneas descubren en ella y como la convierten en testigo para sus vidas.
Quizá necesitamos como nos invita Elizabeth Johnson, recordar que María de Nazaret tuvo una vida real, que su vida auténtica nos obliga a abandonar las sedas y las coronas para seguirla por los caminos polvorientos y pobres de su Galilea natal. Nos obliga a encallecer sus manos y a dibujar arrugas en su rostro terso y juvenil. Nos obliga a cubrir su túnica inmaculada con un delantal. Nos obliga a imaginarla cargando agua desde el pozo, amasando pan, dando de mamar, añadiendo remiendos al paño desgastado, fregando el suelo… (Cf. Verdadera Hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos).
Lucas y su mirada a María de Nazaret
Lucas es el evangelista que visibilizaba más a las mujeres en su relato, sin embargo, su mirada es dual. Mientras les da protagonismo refuerza los patrones de género propios de una cultura patriarcal. Para él era importante sostener el mensaje igualitario que Jesús proclamó, pero a la vez quería que fuese acogido en una sociedad profundamente patriarcal. Por ello, a la vez que da voz y hace testigos a las mujeres de la Buena Noticia del Reino a las mujeres, reviste sus figuras de rasgos que no desentonen del ideal femenino de su época.
Cuando presenta a María de Nazaret la hace sujeto de la revelación divina y voz profética para su comunidad (Magníficat) pero a la vez la sitúa en los espacios y valores propios de su condición femenina: obediencia, espacio doméstico, maternidad…De este modo se convierte en un modelo a imitar.
María esclava del Señor
La obediencia, expresada en el relato de la anunciación con la metáfora de la esclava no es, en principio, negativo porque busca expresar su acogida fiel y valiente de la propuesta divina. El problema es que tradicionalmente se ha entendido como sumisión a un Dios que generalmente se imagina como varón (con todo lo que esto representa en nuestros imaginarios de género) al que someter la voluntad para ser digna de su aprecio. Para muchas mujeres que han sufrido la esclavitud esta metáfora, además, les remite a experiencias de violencia, de abuso y servidumbre y les resulta difícil apropiarse de ella para entender su relación con Dios.
La pregunta es cómo visibilizar el sí de María como el acto de una mujer que acepta, libre y consciente, la invitación que Dios le hace a colaborar activamente en su sueño salvador para el ser humano (Un Dios que también tiene rostro femenino, pues las mujeres creadas a imagen y semejanza del creador también pueden representar a Dios). Cómo nombrar la confianza que María pone en Dios sin rebajar su figura a un mero objeto ni reducir su capacidad y dignidad para afrontar la misión encomendada.
María Madre de Jesús
Históricamente, María de Nazaret fue la madre de Jesús de Nazaret y sin duda influyó en la clase de ser humano que fue, pero con frecuencia ese aspecto de su vida oscureció muchas otras realidades posibles en su vida. La idealización su maternidad ha servido para legitimar la idea de que la maternidad es la razón de ser de la vida de la mujer y lo que realmente Dios espera de ella. Todo ello proyecta un ideal femenino que cada vez menos mujeres desean. Las mujeres valoran ser madres, pero también reivindican ser algo más, tener un lugar propio, desplegar todas sus potencialidades. María de Nazaret fue madre, pero también fue mujer, hermana, compañera, amiga, trabajadora…
En el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción una invitación a escuchar su voz, sus débiles pasos en la Escritura, a nombrarla con nombres nuevos, a bajarla de esos pedestales e idealizaciones en los que posiblemente no quiera estar, no se sienta cómoda…Nombrémosla y recordémosla como una mujer fuerte, valiente, empoderada en su misión y capaz de acompañar el camino humano de Jesús, ayudándolo a nombrar a Dios, Abba, a respetar a las mujeres y a luchar por la justicia de los más débiles y desheredados.
Carme Soto Varela
