Domingo I de Navidad
28 de diciembre
Mt 2, 13-25.19-23
Cuesta entender las resistencias xenófobas que manifiestan muchos de quienes se consideran creyentes y seguidores de un Dios que -aunque simbólicamente- fue migrante. Con seguridad, el viaje que relata Mateo no se produjo nunca: es una creación literaria, con la que busca presentar a Jesús como “nuevo Moisés” -el liberador del pueblo- que, como aquel, viene desde Egipto a liberar al pueblo.
Sin embargo, aunque legendario, el relato muestra a un dios migrante o incluso refugiado político, huyendo de una situación de amenaza. Por eso cuesta entender la actitud hostil, de entrada, por parte de grupos y colectivos que presumen de cristianos. No niego la complejidad de esa cuestión, que requerirá un tratamiento adecuado, ajustado a la realidad, pero siempre respetuoso con todo ser humano. Lo que no se entiende es la actitud primera de rechazo hacia personas sumamente vulnerables, que salen de su tierra en busca de una oportunidad de vida.
Tal rechazo solo puede explicarse desde el miedo, que hace ver amenazada la propia seguridad. Y es sabido que, siempre que ese miedo aparece, hace saltar mecanismos de defensa, marcados frecuentemente por la agresividad. La trampa consiste, precisamente, en posicionarse en una actitud de ese tipo, sin ser capaces de cuestionar o de asumir el miedo que se ha despertado.
La comprensión experiencial de lo que somos, sin negar ningún problema concreto y sin renunciar a buscar soluciones ajustadas, permite hacer pie en aquella seguridad de fondo -lo que somos se halla siempre a salvo-, que es fuente estable de confianza. Y solo la confianza aleja el miedo y hace posible vivir en amor.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
