Fiesta de la Sagrada Familia – 2025
Si te decides a leer lo que he escrito, tómate un tiempo tranquilo, preferiblemente en soledad y silencio, a modo de meditación. Así el movimiento de esta familia migrante te llegará al fondo, a donde se siente que te mueves con ellos y con tantos millones de personas que recorren los caminos del mundo buscando mejorar su vida, o no perderla.
Dejó escrito Mateo 2, 13-15 el peligro que acechaba y lo urgente de iniciar inmediatamente la huida del territorio de Belén: “Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”.
Pero como la historia no empezó así, habrá que retroceder al momento donde empezó todo. Hay que retroceder y ver lo que nos cuenta Lucas en su evangelio.
Dice Lucas 2, 1-7 que “se publicó un edicto de César Augusto, por el que se ordenaba que se empadronase todo el mundo. (…) cada cual a su ciudad”. Vivían bajo el dominio del Imperio Romano y no quedaba otra que ponerse en marcha.
Podemos imaginar el susto que se llevarían José y María pensando en iniciar la ruta con medios muy precarios y a término de un embarazo.
Sigue el relato de Lucas: “Todos fueron a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José subió a Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba en cinta”.
De Nazaret a Belén parece que tendrían que recorrer entre 111 y 145 Kms. atravesando Samaria, lo que no era muy recomendable porque, como ya sabemos, judíos y samaritanos no se llevaban nada bien. Si elegían no pasar por el territorio vecino, habrían de atravesar por el río Jordán y avanzar por otras tierras y… ¡María, con su Niño dentro, a ritmo de borrico y dándole pataditas, seguro!
“Mientras estaban allí (sigue Lucas), se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito”. ¡Sólo eso!… ¿Así se anuncia el nacimiento del Mesías, el esperado de Israel? Creo que, si lo hubiera escrito Isabel, la prima de María, la madre de Juan el Bautista, el mensaje hubiera ocupado más versículos, sería más festivo, más alegre, más… femenino. Eso sí, si es que había aprendido a escribir, que parece era cosa de hombres.
Lucas finaliza lo que hizo José con amor y resolución: “Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenía sitio en el albergue”. María descansaría, porque después de un parto el cuerpo está cansado del esfuerzo, pero seguro sonreiría apaciblemente viendo la escena. José se hacía cargo de que el niño estuviera bien.
Probablemente, María y José habrían hablado, sonriendo, de volver cuanto antes a casa, a Nazaret. Es lo que cualquiera quiere en semejante tesitura. Sumando kilómetros de vuelta en burro y ahora con el niño en brazos. Pero sabían bien en Quien confiaban.
Luego llegaron las visitas a ver al niño. Visitas de gente sencilla que miraba al cielo y pisaban la tierra; que se ponía en camino siguiendo estrellas e intuiciones interiores. Unos eran los pastores, nada reconocidos por la sociedad del momento, y otros los magos, hombres sabios y estudiosos.
Ahora volvamos a lo que dejamos dicho al principio: “El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se debió despertar de sobresalto, respiraría hondo y saldría un momento a que le diera el aire. Luego se lo contaría a María.
No creo que hicieran falta muchas palabras. Acurrucando al niño junto a su pecho, envolviendo con algo de abrigo su pequeño cuerpo junto al suyo, iniciarían el largo viaje hacia Egipto. José andando, María y el niño en el burro.
Según estimaciones actuales referidas a la distancia de Belén a El Cairo (Egipto) hay que recorrer 687 kms. Es difícil para los ciudadanos del mundo occidental hacernos una idea ni aproximada de lo que sería ese viaje. Pero algunos en estos tiempos recorren distancias similares con muy pocos medios de movilidad y de dinero, buscando como mejorar su vida o no perderla.
Se quedaron en Egipto unos años. Y sigue contando Mateo: “Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel”, de donde habían salido.
Se pusieron en marcha de vuelta a Israel. Menos mal que José, que era hombre precavido y tenía vista de largo alcance, además de buen consejo en sueños: “al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a la región de Galilea y se estableció en Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno”.
Tantas veces leída, escuchada, meditada la llegada de Jesús al mundo que, creo se corre el peligro de que suene archiconocido y no se entre en matices. Aunque tengo la comprensión de que Jesús nace todos los días y siento que hay que prestar mucha atención.
Empecé a escribir todo esto el pasado 18 de diciembre, luego supe que era el Día de los Migrantes, y me sobresalto una pregunta: ¿Eran migrantes José, María y el pequeño Jesús?
Eran “migrantes-político-administrativos”, cumpliendo órdenes del poder supremo imperial que seguramente quería tener el mayor control en sus territorios, en temas de impuestos, fronteras, etc.
Pero no sólo migrantes, fueron también refugiados, teniendo que salir de su tierra, como furtivos, para llegar a un país extranjero. La prioridad era proteger al niño amenazado de muerte, la que sufrieron tantos niños por la salvaje orden de Herodes.
Escuché decir a Thomas Keating (*): Dios decidió ser inmigrante. En estos tiempos difíciles, los cristianos debemos reflexionar profundamente sobre ello y sus implicaciones”.
Que así sea. Reflexionemos y pongámonos en marcha con el que acaba de nacer.
Mari Paz López Santos
28 diciembre 2025
(*) Thomas Keating, 1923-2018, abad y monje cisterciense (OCSO), conocido por el movimiento de la Oración Centrante.
Nota: He puesto en negrilla muchas palabras del texto para tener una comprensión visual del movimiento intenso de este relato evangélico, que mucho tiene que ver con el movimiento migratorio en estos tiempos convulsos donde millones de personas no pueden hacer más que MOVERSE.
