Fe Adulta

Juan bautista contempló, oyó y dio testimonio. ¿Qué oímos y contemplamos? ¿Qué testimonio damos?

Juan 1, 29-34

Parece que «traducir» el evangelio es una intromisión; sobre todo, cuando nos desmonta la idea que nos habíamos hecho de una escena. Pero, el evangelio de hoy hay que deconstruirlo, para comprender su mensaje, porque nos ofrece unas claves de hace unos 1.900 años.

En primer lugar, tenemos que aceptar que el texto no nos describe el diálogo que se produjo en un encuentro entre Juan y Jesús. Es inverosímil. Juan Bautista no pudo decir unas frases, una confesión de fe, que las primeras comunidades fueron elaborando, lentamente, tras la resurrección de Jesús. Esa confesión es fruto de la oración y de una reflexión teológica que, al comienzo de la vida pública de Jesús, no se había hecho. El evangelista inserta en una narración, títulos cristológicos que luego va a desarrollar a lo largo del evangelio.

También es importante tener en cuenta que Juan Bautista y Jesús fueron dos predicadores, maestros, que tuvieron muchos seguidores. Cuando Herodes mandó decapitar a Juan, sus discípulos siguieron bautizando con agua. Años después, cuando se escribe este evangelio, era importante aclarar a las comunidades cristianas que Juan Bautista no fue el Mesias, ni Elías ni un profeta, sino un precursor que, con talante profético, anunció quién era Jesús.

¿Por qué decimos que con talante profético? Porque reúne los requisitos necesarios:

· Había recibido una misión: «He salido a bautizar con agua, para que el hombre que está por delante de mí, sea manifestado a Israel»

· Había visto, había contemplado al Espíritu que se posó sobre Jesús.

· Había escuchado al que le enviaba: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo…»

· Daba testimonio: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», «Este es el Hijo de Dios». El testimonio estaba unido intrínsecamente a su misión.

Con estos rasgos, las primeras comunidades podían comprender mejor quién había sido Juan Bautista, y por qué merecía la pena que sus discípulos le abandonaran, para seguir a Jesús. Eso es lo que hicieron, por ejemplo, Andrés, Pedro, Felipe y Bartolomé.

Juan vio, oyó, contempló y dio testimonio. Es el momento de reflexionar, personalmente y en comunidad, sobre lo que vemos y oímos…, sobre lo que contemplamos en este mundo convulso… y preguntarnos: ¿Qué testimonio damos? ¿A quiénes? ¿Para qué? ¿A qué o a quién tenemos miedo? ¿Cómo condicionan esos miedos nuestro testimonio?

Juan Bautista y Jesús dieron testimonio, y lo pagaron con su vida. ¿Intentamos dar testimonio desde nuestra zona de confort? ¿Nos reconocemos hijos e hijas de Dios, habitad@s por el Espíritu, con una misión grandiosa? ¿Qué nos despierta el evangelio de hoy? ¿Qué llamadas descubrimos?

 

Marifé Ramos González

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