Fe Adulta

Autoconocimiento: Ver y dar testimonio

Domingo II del Tiempo Ordinario

18 de enero

Jn 1, 29-34

Muchas veces, más que testigos, somos repetidores. No hablamos de lo que hemos visto (experimentado); repetimos lo que otros nos han dicho, lo que hemos leído, lo que hemos creído… Y, de ese modo, seguimos generando una especie de «burbuja» de opiniones y de creencias, que no buscan la verdad por encima de todo, sino el protagonismo del yo que, a través de todo ello, pretende fortalecerse y aparecer como bien «informado».

El testigo, a diferencia del repetidor, es aquel que «ha visto». Y lo que tenemos que ver, de entrada, no es algo exterior o ajeno a nosotros. No se trata de acumular más información, sino de conocernos a nosotros mismos, cada vez en mayor profundidad. El autoconocimiento constituye la base todo camino espiritual porque, como recordara la inscripción en el templo de Delfos, quien se conoce a sí mismo, conoce al universo y a los dioses.

Solo puede hablar en primera persona -solo puede ser testigo- quien recorre ese camino de autoconocimiento, que le lleva -por lo general, en capas sucesivas- a «poner nombre» a todo lo que se mueve en su interior, a aceptarse de una manera cada vez más completa y a descansar y vivir en la profundidad de lo que es.

La persona que se conoce de ese modo es testigo, aun antes de abrir la boca. Porque contagia lo que vive y su sola presencia constituye una invitación y un estímulo para ponernos en camino. Un camino que requiere entrenar una atención sostenida, desarrollar una autoaceptación creciente y vivir una entrega incondicional y confiada a la sabiduría que rige todo el proceso, a la vida que, en forma de Anhelo, late incansablemente en nuestro interior.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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