Fe Adulta

Nos ha calado poco el «todos, todos, todos» del amado Papa francisco

Cuando hablamos de la situación real de la Iglesia Católica en Occidente, en Europa, en España, entre nosotros, solemos centrarlo todo o casi todo en la falta de vocaciones al ministerio sacerdotal, al diaconado permanente y a la vida consagrada.

Hemos reflexionado menos sobre la falta de fe, de caridad y de esperanza entre los mismos cristianos, y me parece que de ahí se deriva la falta de pasión evangelizadora y misionera que sufrimos al interior de las comunidades cristianas y sobre todo al exterior de las mismas.

Ya nos advirtió el Concilio Vaticano II que la Iglesia no es una sociedad perfecta, sino el entero Pueblo de Dios, el Cuerpo Místico de Cristo, el Templo del Espíritu Santo.

Y que la Iglesia no tiene propiamente una luz que sea suya, sino que refleja la luz verdadera que es Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María, nuestro Señor y nuestro hermano.

Por eso, el Concilio dice que la Iglesia «desea ardientemente iluminar a todos, anunciando el Evangelio de Cristo a todas las criaturas»

Precisamente porque la Iglesia es en Cristo «como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»  (Cfr. G.S., 1)

La vocación de todos los bautizados es la santidad y la misión de todos los bautizados es la evangelización: esto se aplica tanto a los varones como a las mujeres.

¿Por qué nos olvidamos con tanta frecuencia de la mayoría de los miembros de la Iglesia que son los fieles cristianos laicos?

¿Acaso son cristianos de segunda o de tercera?

En absoluto.

Todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a vivir fraternalmente entre nosotros y con las demás personas, sean creyentes o no.

Nuestra fe en el Hijo de Dios que se hizo carne nos mueve a hacernos hermanos de los demás.

Todos, absolutamente todos nos necesitamos unos a otros y necesitamos aprender a convivir en una verdadera fraternidad, en una gran hermandad, en la gran familia humana cuyo Padre es Dios mismo.

En lugar de mirar hacia afuera para echar las culpas a los demás o a la situación tan compleja en que vivimos, me parece que primero deberíamos examinarnos a nosotros mismos, personal y comunitariamente, para advertir que no siempre vivimos ni actuamos al estilo de Jesús, sino que la mundanidad ha penetrado en nuestros corazones y en el interior de nuestras parroquias y comunidades cristianas.

¿De verdad se nota que somos discípulos de Cristo?

¿Vivimos como sal de la tierra y como luz del mundo?

¿Actuamos como fermento en medio de la masa?

¿Tratamos de impregnar todas las realidades con el Espíritu de Cristo?

¿Hemos hecho de las Bienaventuranzas el programa de nuestra vida comunitaria y personal?

¿No será que estamos demasiado pendientes de ciertos asuntos que para los no practicantes o los no creyentes no son verdaderamente relevantes?

El Sínodo de la Sinodalidad, abierto por el Papa Francisco y que probablemente clausurará el Papa León en el año 2028, insiste en tres cuestiones que son vitales para la vida de la Iglesia y del mundo:  la comunión, la participación y la misión.

Comunión con la Santísima Trinidad y entre nosotros.

Participación de todos los miembros de la Iglesia en la vida y la misión del único Pueblo de Dios.

Misión abierta y compartida que hemos de llevar a cabo todos los miembros de la Iglesia de Cristo.

La verdad es que me duele oír y leer comentarios negativos al respecto de la Sinodalidad y todo lo que ella comporta de hecho para la Iglesia y nuestra relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

Nos ha calado poco el  «todos, todos, todos»  del amado Papa Francisco.

Me duelen las críticas hacia su persona y su pontificado, hacia sus gestos, actitudes, palabras y escritos.

¿Quiénes han leído y meditado en profundidad los documentos:   Lumen fidei, Laudato Si’, Fratelli tutti, Dilexit nos, Evangelii gaudium, Amoris laetitia, Laudate Deum, Patris corde, por citar sólo algunos?

Además, hay que añadir que el Papa León va a continuar implementando las reformas que Francisco indicó y señaló en vistas a que la Iglesia aparezca a los ojos del mundo como lo que es:  la Familia de los hijos de Dios.

Aunque el estilo de León y el de Francisco son diferentes, el camino está trazado y el actual Pontífice no va a dar marcha atrás en las reformas iniciadas bajo el pontificado de Francisco.

La cuestión clave para la vida de los cristianos y del conjunto de la Iglesia es colocar a Jesús y su Evangelio en el centro de todo.

No nos predicamos a nosotros mismos, ni una ideología, ni palabras vacías, y tampoco queremos imponer a los demás nuestro credo ni nuestra moral.

Sencillamente deseamos poder profesar nuestra fe en Jesucristo con nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras obras y palabras,  a fin de que otras personas tengan la real oportunidad de conocer, amar y seguir al Señor Jesús en la comunión de su Iglesia, con una actitud claramente evangelizadora y misionera, con parresía apostólica, sin miedo, con humildad y valentía.

A todos los miembros de la Iglesia, sin excluir a nadie, nos corresponde la tarea evangelizadora y misionera que nuestras sociedades necesitan hoy.

Para pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera es necesario estar llenos de Espíritu Santo, es necesario que oremos comunitaria y personalmente, es necesario formarnos en la fe eclesial que profesamos, es necesario que los demás puedan ver cómo nos amamos y cómo amamos también a los que no piensan como nosotros.

Debe prevalecer el respeto mutuo, la colaboración, la solidaridad, una fraternidad enraizada en Cristo, una real comunión de bienes y la opción preferencial por los más pobres, los migrantes, marginados, desterrados, rechazados, los que no cuentan a los ojos del mundo.

Me parece que para poder empezar a poner en práctica las sugerencias e intuiciones del documento final del Sínodo sobre la Sinodalidad hace falta que comencemos por acoger la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II y Magisterio posterior, que nos invitan a una profunda conversión personal y eclesial.

Es necesario que los cristianos nos reunamos para discernir qué nos está pidiendo el Señor en estos tiempos convulsos y difíciles.

Cuando digo los cristianos me refiero a todos los bautizados, no sólo a los cardenales y obispos, sino a todos los miembros del Pueblo santo de Dios, también a las mujeres, sin las cuales la mayoría de parroquias estarían cerradas.

Ojalá todos fuéramos conscientes de estas realidades que me permito comentar aquí, sin pretender abarcar la totalidad de las cuestiones.

El método de:  ver, orar, discernir y tomar decisiones es competencia de todas y todos.

¿Seremos capaces de llevarlo a cabo bajo los impulsos del Espíritu del Padre y del Hijo?

¡Ánimo a todos, no tengamos miedo, confiemos en el Señor, no caigamos en actitudes derrotistas o negativas, escuchemos la voz que nos asegura que para Dios nada hay imposible y prosigamos adelante juntos y unidos, es decir, en sinodalidad!

 

José Vicente Martínez,

sacerdote diocesano de Valencia.

Febrero de 2026.

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