Mt 4, 1-11
«Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo».
Cuando se escribe el cuarto evangelio ya hace tiempo que están en circulación los sinópticos donde se recogen los hechos y dichos de Jesús. Quizá por ello, este evangelio está concebido como un amplio tratado teológico donde no se hace ningún esfuerzo por resaltar la humanidad de Jesús, sino todo lo contrario. En cambio, los sinópticos (sobre todo Marcos y Lucas) nos presentan un hombre verdadero que se cansa, se enfada, se angustia… y que está sometido a tentación.
El texto de hoy muestra a Jesús ayunando en el desierto tras su visita al Bautista; probablemente para poner a prueba su vocación antes de abrazarla definitivamente. Y la primera conclusión podría ser que la vocación de Jesús no fue algo tan fulgurante, patente y arrollador que no dejaba lugar a dudas, sino algo mucho más humano que le obligó a un proceso de discernimiento para ponerla a prueba y superar las dudas que le asaltaban.
En este relato se narran las tentaciones que probablemente acompañaron a Jesús a lo largo de su vida. Es un texto muy simbólico, pero algunos especialistas se atreven a ver más allá de los símbolos para ofrecernos la naturaleza real de sus tentaciones. Según algunos, las «piedras convertidas en panes» representarían su permanente tentación de volver a la tranquilidad de Nazaret lejos de la vorágine en la que se hallaba envuelto, el «pináculo del templo» simbolizaría su tentación de pedir a Dios una señal que afianzase su compromiso con la misión, y el «poder sobre los reinos de la Tierra» se referiría a la tentación de afrontar la misión desde la tradición de Israel, es decir, dejándose encumbrar a la posición de mesías davídico a la que el pueblo le empujaba, e instaurar el reino de Dios desde el poder…
Y todas estas conjeturas posiblemente estén muy bien, pero no tienen más valor que satisfacer nuestra curiosidad. Lo realmente importante es que Jesús fue tentado como cualquiera de nosotros, y que venció la tentación. Como decía Ruiz de Galarreta: «En Jesús vemos la situación humana completa: el ser humano acosado por debilidades y oscuridades… y lleno de la fuerza de Dios que le hace superar todo eso para cumplir el plan de Dios».
Y esto nos pone frente a un dilema ancestral que nos atañe muy directamente, y es el referido a nuestra capacidad, o no, de vencer la tentación. Sabemos que Pablo era muy escéptico al respecto, pero el problema se remonta mucho más atrás; concretamente al capítulo tercero del génesis –el mito de Caín y Abel– donde en su versículo siete Yahvé le dice a Caín: «¿No es verdad que si obraras bien andarías erguido, mientras que si no obras bien, estará el pecado acechando a tu puerta como fiera acurrucada, a la que tú «debes dominar»?»
La traducción del original hebreo de esta última expresión, «tú debes dominar», ha dado lugar a diversas interpretaciones que nos sitúan en distintos escenarios frente al mal (el pecado). La traducción que hemos elegido (Nácar Colunga) la presenta como mandato de Dios: «debes dominar al pecado», pero otras traducciones la presentan como promesa de Dios: «dominarás al pecado». Por último, también se traduce como: «puedes dominar al pecado», donde Dios reconoce la capacidad del ser humano para vencer al mal. El libro de John Steinbeck «Al Este del Edén» nos ofrece una preciosa reflexión en torno a este tema.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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