Fe Adulta

Viernes santo. recuerdo subversivo y relato profético de un Dios desarmado

La Semana Santa en general, y el Viernes Santo en particular, se han convertido en un espectáculo turístico, artístico e identitario para mucha gente. Las procesiones, los ritos o las devociones que caracterizan este tiempo expresan, sin duda, una vivencia espiritual, pero no siempre aseguran una vivencia de auténtica fe cristiana. Quien confía en la Buena Noticia encarnada en la vida y el destino de Jesús de Nazaret lleva en la urdimbre de su identidad un recuerdo subversivo que cuestiona cualquier justificación de la violencia y la exclusión, incluida la que se legitima en la voluntad de Dios.

Lo que celebramos en Semana Santa es un relato profético que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, a pesar del dolor y de las víctimas que produce. Un relato que visibiliza a un Dios que es siempre amor y perdón, que sostiene y acompaña, y que se cuela entre las grietas de los muros que el mal, en todas sus formas, construye para iluminar la vida y sostener la esperanza de quienes son expulsados, agredidos o ignorados tras esos muros aparentemente inexpugnables.

En esa memoria y en ese relato se sostiene nuestra esperanza: una esperanza que se sabe amenazada por la resignación o el sinsentido, pero que no renuncia a reimaginar el mundo de otra manera. Una esperanza que resiste, anclada en el corazón de tantos seres humanos buenos, solidarios y comprometidos, que nunca se acostumbran a la injusticia ni se desentienden de la verdad.

La memoria subversiva de la cruz de Jesús

La muerte de Jesús no fue deseada por Dios, ni la necesitaba para hacernos llegar su salvación. La muerte de Jesús fue un hecho violento y cruel, sin más justificación que el miedo del poder político y religioso a perder su influencia y su control. El mensaje y la actitud de Jesús ante la vida suponían una amenaza para todos aquellos que legitimaban su palabra y su estatus en la fuerza y el control de los lugares y de las personas; por eso era necesario eliminarlo (Jn 11,47-57).

Para los compañeros y compañeras de Jesús que habían subido con él a Jerusalén, lo que ocurrió aquel primer Viernes Santo fue algo difícil de digerir. Eran conscientes del rechazo que las palabras y actuaciones de Jesús producían en mucha gente influyente y sabían que subir a la capital era arriesgado, pero confiaban en que el Maestro pudiese cambiar definitivamente las cosas. Sin embargo, lo arrestaron y todo se convirtió en oscuridad y miedo. Las preguntas se acumulaban y sus corazones, desorientados, dudaban entre permanecer junto al Maestro o huir a un lugar seguro.

La noche fue larga y cruel (Jn 18, 1-40), y finalmente Jesús fue izado en una cruz como un bandido peligroso (Jn 19, 1-42). Una cruz injusta en la que el mal parecía acallar la voz de Dios y, con ella, toda esperanza. Pero, en aquel patíbulo, Dios estaba revelando su amor y perdón, aunque quienes estaban presentes no fuesen capaces de verlo. Dios seguía ofreciendo su salvación gratuita a todos y todas, paciente y dolorosamente. Y ese es el recuerdo subversivo del Viernes Santo que tan bien supo entender aquel centurión romano que vigilaba al pie de la cruz (Mc 15, 39).

El relato profético de unas mujeres que no se dejaron vencer

Los evangelios sinópticos coinciden en señalar que, ante la cruz de Jesús, había un grupo de mujeres que le habían seguido en Galilea y habían subido con él a Jerusalén. Ellas no solo son testigos de lo que allí ocurre, sino que acompañan en silencio al Maestro; observan dónde lo ponen cuando lo descuelgan de la cruz para poder volver al día siguiente y honrar su memoria.

Estas mujeres, sin duda con el corazón roto, no huyen, sino que afrontan con valentía el desenlace de la vida de Jesús. Ellas saben de pérdidas y de impotencia; por eso están curtidas en resistencia y esperanza. Permanecen juntas, apoyándose unas a otras, porque han experimentado muchas veces que el consuelo no son palabras bonitas, sino redes de sororidad y compañía. No pueden hacer nada, pero ofrecen lo que han aprendido junto a Jesús: amor gratuito y perdón.

Su historia es profética porque, atravesando su dolor, han permanecido junto a la cruz, fieles y resilientes. Sin dejarse paralizar por el miedo o la impotencia, atravesaron la oscuridad de la noche y se encontraron al Viviente donde parecía que ya no quedaba nada. Ellas se rebelaron contra la injusticia anunciando un nuevo comienzo, haciendo memoria de la Buena Noticia de Jesús cuando todo parecía perdido.

 

Carme Soto Varela

(*) “Relato profético”: Johann Baptist Metz, La fe en la historia y la sociedad, Ed. Cristiandad 1977

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