JUEVES SANTO (A)
Jn 13,1-15
La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exegetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena
pascual. No tiene mayor importancia. Para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual.
Podemos estar seguros de que realizó los gestos de partir el pan y repartir el vino, pero no podemos saber el sentido que dio Jesús a aquellos gestos.
Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros.
“Consciente Jesús de que había llegado su «hora», la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado”. “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros unos a otros”.
En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos.
Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve. La plenitud de Jesús está en servir a los demás. Pero lo importante es que nuestra propia plenitud se encuentra en el mismo hecho.
El más espiritual y místico de los evangelistas, ni siquiera menciona el pan y el vino. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como entrega.
Poco después de este texto dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación definitiva a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaos! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Debemos amar a los demás como Dios ama, como Jesús amó.
En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado. La presencia de Cristo en el pan y vino, entendida de una manera estática y física, nos ha impedido descubrir el aspecto vivencial del sacramento y nos ha dejado al margen de la verdadera intención de Jesús.
Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo.
Recordemos que “cuerpo” en la antropología judía quería decir persona, no carne. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.
Por haber insistido en la presencia “real”, nos acercamos al sacramento como a una realidad externa y estática que no me lleva a ningún compromiso. El haber cambiado el sentido dinámico por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y nada me aporta.
Lo que Jesús quiso decirnos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera su plenitud humana.
Repito, esta es la clave de todo este asunto. Si no vivo para los demás toda celebración será inútil.
“El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” vivirá por mí”. No hay una explicación más profunda de este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida.
Fray Marcos
