El nuevo sistema refuerza los controles en las fronteras exteriores, establece procedimientos acelerados para resolver determinadas solicitudes de asilo y facilita los retornos de quienes no obtengan autorización para permanecer en Europa. También profundiza la cooperación con países de origen y tránsito para frenar las llegadas antes de que alcancen territorio europeo. CEAR y otras organizaciones temen que esta nueva arquitectura reduzca las garantías de las personas que buscan protección y convierta las fronteras en espacios donde los derechos resulten más débiles precisamente para quienes más los necesitan. (CEAR)
España ha anunciado que aplicará el Pacto con un enfoque garantista y respetuoso con los derechos de las personas migrantes y solicitantes de protección internacional. El Gobierno español ha expresado, además, su rechazo a la creación de centros de retorno en terceros países, una posibilidad que considera rodeada de serias dudas jurídicas y de proporcionalidad. Es una posición que merece ser destacada en un contexto europeo que se mueve, en conjunto, hacia políticas cada vez más restrictivas. (Ministerio del Interior)
Pero quizá la pregunta más importante no sea solamente cómo va a funcionar este nuevo sistema, sino qué nos está ocurriendo como sociedad para que hayamos llegado hasta aquí.
Europa no nació únicamente como un mercado común. Surgió también de las cenizas de una guerra terrible y del convencimiento de que había límites que la humanidad no debía volver a traspasar. En aquellos años nació igualmente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sostenida por una idea tan sencilla como revolucionaria: todos los seres humanos poseen la misma dignidad y unos derechos que no dependen de su nacionalidad, de su riqueza, de su religión ni de la utilidad que puedan tener para otros.
Casi ochenta años después, aquel espíritu parece debilitarse. Nos hemos acostumbrado a distinguir entre las personas que merecen protección y las que resultan incómodas; entre quienes pueden circular libremente y quienes deben ser detenidos; entre las víctimas que nos conmueven y aquellas cuyo sufrimiento apenas alcanza unos segundos en los informativos.
Los derechos humanos rara vez desaparecen de un día para otro. Se van erosionando lentamente. Primero se acepta una excepción porque la situación es difícil. Después otra porque hay una emergencia. Más tarde se justifica una medida extraordinaria porque la opinión pública está cansada o porque un discurso populista promete soluciones fáciles a problemas enormemente complejos. Y así, casi sin darnos cuenta, lo que un día consideramos inaceptable comienza a parecernos normal.
Esta deriva no afecta solamente a las políticas migratorias. El derecho internacional atraviesa uno de sus momentos de mayor fragilidad y las instituciones creadas para protegerlo muestran una preocupante debilidad. La ONU, nacida también de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, contempla demasiadas veces cómo sus resoluciones son ignoradas y sus llamamientos desoídos. Su propio secretario general, António Guterres, ha advertido este año de que la cooperación internacional se está erosionando y de que el derecho internacional está siendo pisoteado. A la parálisis política se añade una grave crisis financiera que limita aún más la capacidad de actuación de Naciones Unidas. (Naciones Unidas)
El riesgo es enorme. Cuando las reglas comunes pierden fuerza, no aparece un mundo más libre, sino un mundo en el que se impone quien tiene más poder. Cuando la cooperación se sustituye por el egoísmo nacional, cuando cada país proclama que lo primero son únicamente los suyos y cuando los problemas complejos se responden con consignas sencillas, los más débiles son siempre los primeros en pagar las consecuencias.
En este contexto, la voz de la Iglesia europea ha sido especialmente clara. La Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea ha advertido de que la política migratoria plantea una cuestión mucho más profunda que la gestión de las fronteras: qué tipo de Europa queremos construir. Los obispos recuerdan que la dignidad humana es inviolable y que la solidaridad entre los pueblos no puede considerarse un lujo para tiempos de abundancia. Seguridad y solidaridad, insisten, no son principios incompatibles. (Religión Digital)
También León XIV se ha referido directamente al nuevo Pacto Europeo. El Papa ha recordado que detrás de cada persona migrante hay razones que con demasiada frecuencia preferimos no mirar: guerras, violencia, persecución y conflictos. Ante la tentación de expulsar el problema lejos de nuestra vista, ha pedido examinar cada situación y, sobre todo, tratar a las personas con respeto, como personas. (Vatican News)
Es una expresión elemental, pero quizá por eso mismo necesaria. Antes que migrante, refugiado, irregular o solicitante de asilo, hay una persona. Una historia. Una familia. Un miedo. Una esperanza. Alguien que ha dejado atrás su casa y que probablemente no habría emprendido un viaje peligroso si hubiera encontrado seguridad y futuro en su propia tierra.
La historia nos ha enseñado que los tiempos difíciles pueden sacar lo mejor de las sociedades, pero también sus miedos más profundos. El populismo crece cuando consigue señalar a alguien como culpable de nuestros problemas. El egoísmo se vuelve aceptable cuando se disfraza de defensa propia. Y la indiferencia se instala cuando dejamos de mirar el rostro concreto de quienes sufren.
Más allá del debate sobre fronteras y asilo y sobre cómo tramita Europa las solicitudes, está en juego algo mucho más profundo: si seguimos creyendo verdaderamente en la universalidad de los derechos humanos. Europa todavía está a tiempo de recordar de dónde viene. De recuperar aquella convicción nacida entre las ruinas de una guerra: que la fuerza sin derecho conduce a la barbarie y que la dignidad humana no depende del lugar donde una persona haya nacido.
Tal vez la esperanza, en este momento, consista precisamente en no resignarnos. En seguir recordando que las leyes pueden cambiarse, que las instituciones pueden fortalecerse y que los pueblos pueden elegir la solidaridad frente al miedo. Porque defender los derechos de quienes llegan no debilita nuestras sociedades. Al contrario: nos recuerda quiénes queremos ser.
Inma Calvo Torrejón
Fuentes consultadas
CEAR — Los Estados europeos inician una nueva política migratoria común que amenaza los derechos de la población migrante y refugiada
El País — La Unión Europea activa el nuevo pacto migratorio con más controles y expulsiones aceleradas
Ministerio del Interior — España inicia la aplicación del Pacto Europeo sobre Migración y Asilo
Religión Digital — Los obispos de la COMECE ante la política migratoria europea
Vatican News — León XIV ante el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo
Naciones Unidas — António Guterres sobre el debilitamiento del derecho internacional y la cooperación
