12 de julio
Mt 13, 1-23
En ocasiones, particularmente a medida que empezamos a estar más atentos a nuestro mundo interior, ocurre que la escucha de una persona o la lectura de un texto resuena en nosotros, produciendo una especie de “eco” que nos sorprende.
Tal resonancia requiere atención al propio mundo interno —el despiste hace que pase desapercibida— y pone de manifiesto que aquello que hemos escuchado o leído se encontraba ya —tal vez, dormido o inconsciente— en nuestro interior.
Tengo para mí que tales resonancias no son sino la voz de la sabiduría que se expresa en cada persona. Es el “maestro o maestra interior” que, de forma suave, ajustada y amorosa, a través de intuiciones que toman forma de invitación respetuosa, busca guiarnos hacia la verdad de lo que somos.
Bien entendido, es el único maestro que merece nuestro total asentimiento. Dirigido hacia cualquier otro “maestro”, el asentimiento corre el riesgo de convertirse en sumisión y terminar en alienación, alimentada por la credulidad.
A diferencia de quienes buscan que asumamos sus planteamientos, el maestro interior nos hace ver la necesidad de no asumir nada que no hayamos experimentado por nosotros mismos. Es la invitación a recorrer el camino de la verdad, dejando caer las creencias o conocimientos de segunda mano que, aceptadas en algún momento, se convierten en un obstáculo para que la verdad se abra camino en nosotros.
La invitación que nace del maestro interior es ajustada, respetuosa, humilde y desapropiada. Es firme, pero nunca tozuda, rígida o intransigente. Y en la medida en que la acogemos, nos va transformando desde dentro en línea con la verdad de lo que realmente somos.
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)
