El evangelio propuesto para el viernes santo se encuentra en continuidad con el del jueves, no solo porque en este día se lee la pasión según San Juan (Jn 18,1–19,42) y el jueves santo el episodio exclusivamente joánico del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15), sino porque el evangelista pone en conexión el principio con el final. Así pues, Jn 13,1 se abre con el solemne prólogo: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo«, y tras entregar el espíritu, Jesús concluye su vida diciendo: «está cumplido«. Las dos expresiones utilizan la misma raíz. De este modo, se conecta el lavatorio de los pies con la cruz.
Como afirma un exegeta, Juan no expone la historia de un «amor trivial» sino la historia de un «amor cumplido» cuya fisonomía precisa se va desgranando pacientemente a lo largo de los capítulos que componen la pasión. Aunque son muchos los detalles que se podrían comentar solamente me voy a fijar en dos. Esa forma de amar que llega «hasta el extremo» se concreta en: «hasta» despojarse del manto y «hasta» entregar el espíritu.
Hasta despojarse del manto
El «amor hasta el extremo» que se anuncia en el v. 1 se traduce rápidamente en despojarse del manto que en la mentalidad bíblica significa el «poder» o la «dignidad» (Jn 13,4) y que evoca a vaciamiento. Y este dato «suena» a encarnación; a un Jesús que, siendo Dios, «no retiene ávidamente» su propia condición. Todo lo contrario, asume el riesgo de «salir del seno» del Padre (Jn 1,1-18) y vivir la aventura de hacerse hombre. Es más, al gesto de despojarse del manto le corresponde el de «ceñirse la toalla». Mientras el manto se lo volverá a endosar tras el lavatorio, el texto no indica que suelte el lienzo. Es decir, en toda la pasión Jesús «no perderá nunca la condición de siervo» y esto también en la cruz.
En dos ocasiones más se halla el tema del «manto» en un contexto de realeza-servicio. En la crucifixión los soldados se reparten la túnica (Jn 19,24). Y en el episodio de la coronación de espinas le visten con un «manto» de púrpura para mofarse de él: «Salve, rey de los judíos» (Jn 19,1-3). Y así, con los atributos reales, es presentado por Pilato ante el pueblo: «Aquí tenéis al hombre» (Jn 19,5). Y es que tras la burla se encuentra una verdad, pues como anteriormente le había indicado a Pilato, su realeza está estrechamente conectada con la verdad: «Sí como dices soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). En este hombre vejado y humillado Dios «da testimonio de la verdad». De una verdad que, precisamente, por desnuda se muestra auténtica.
Es la verdad del servicio y de la toalla. Es la verdad de un amor que convence porque «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Es la verdad desnuda del buen pastor y reconocible por ese intuitivo «olfato de oveja» que distingue al mercenario que huye ante el peligro, del pastor que da la vida: «mis ovejas escucharán mi voz». Es la verdad sin disfraces que nítidamente se observa en el traspasado y, antes, desfigurado por el dolor pero que también se puede contemplar en los traspasados y en los marginados de nuestra historia.
Las víctimas deformadas por nuestra indiferencia ante las que «ocultamos el rostro» (Is 53,4), además de acusarnos, hoy deberían ser teofanía de Dios. Pues la verdad última y el criterio definitivo no es otro que: «lo que habéis hecho a uno de estos hermanos míos más pequeños» (Mt 25,40). Por eso, en este día estamos llamados a mirar nuestra historia desde los últimos y los crucificados de la tierra y usar con ellos misericordia, pues ellos nos alcanzarán la misericordia de la bienaventuranza. No en vano al principio de Mateo se les llama bienaventurados a los que usaron misericordia y se les promete que alcanzarán misericordia. Pues en el juicio final son los llamados «benditos de mi Padre» y a los que se les promete el Reino de los cielos porque hicieron reino en la tierra. Un reino que se construye desde el testimonio de la verdad y del servicio no desde la autoridad ficticia que engendra el sentimiento de poder. Esa es la realeza y esa la propuesta de ser humano: «Este es el hombre».
Hasta entregar el Espíritu
Como en el lavatorio, en la cruz Jesús se deja «despojar» y repartir el manto para ponerse a servir y testimoniar la verdad de un Dios que es amor hasta el extremo. Esta forma de amar extrema termina, o más bien comienza, cuando exhausto Jesús entrega el Espíritu y, con ello, se llega al Cumplimiento con mayúsculas (Jn 19,30). Momentos antes este crucificado había dicho: «tengo sed», un tema que en Juan tiene un sentido metafórico. Así al inicio del Evangelio Jesús pide de beber a la samaritana y termina ofreciéndole un agua especial que está conectada al Espíritu (Jn 4,13-15). También en Jn 7,37-39 donde Jesús invita a ir a él a todos los que tienen sed. De hecho, tras la lanzada brotará de él agua y sangre (Jn 19,34) y, de este modo, la sed de Jesús se convertirá en fuente que salta para la vida. Mientras que a él le ofrecen la «copa de la amargura», pues le dan vinagre, como en las bodas de Caná Jesús entrega al final el vino bueno: su espíritu.
No en vano, justo antes, la escena de María con el discípulo señala el nacimiento de esta nueva comunidad de hombres y mujeres que han recibido su Espíritu (Jn 19,25-27). De aquellos que, como en el cenáculo, nacen al «dejarse lavar» por este siervo, pues es el único modo de poder «tomar parte con él» en el Reino (Jn 13,8). Esta comunidad que nace del agua y del espíritu está santificada por la verdad de un amor sin límites y, por eso, tiene la misión de amar de esta manera: hasta el extremo. Como señala un estudioso, la expresión «como yo os he amado» no es comparativa sino originante. Habría que traducir por «igual» o «porque yo» os he amado (S. Castro).
El Salmo 22, que se halla como trasfondo explícito e implícito de los relatos de la pasión, culmina con una acción de gracias que crece en círculos concéntricos, primero en extensión espacial (vv. 26-30) y luego temporal (v. 31). Pues bien, en este último versículo se insinúa que un «pueblo futuro nace» en la acción de gracias del orante. Una acción de gracias motivada «porque Dios no ha despreciado al pobre» (v. 25). Este Dios se revela aquí como un Dios no solo que no desprecia al pobre, sino que siendo rico se hace pobre para enriquecernos (2Cor 8,9), pues se da hasta el extremo: entrega su espíritu.
El Espíritu es la donación personal de Jesús que engendra un nuevo pueblo aspergido por la sangre de Cristo y enviado a ser samaritanos que «hagan lo mismo» (Lc 10,39). Por eso, en este día estamos no solo llamados a contemplar a todos los crucificados de nuestra historia, sino que la Cruz de Cristo nos envía a ser una «iglesia-hospital de campaña» que carga solidaria y sin dar rodeos con «el material sobrante» que nuestra sociedad descarta. La omnipotencia de la misericordia tiene mucho que ver con la necedad de la Cruz. Pues la compasión por muy necia y débil que parezca, es la única fuerza que emplea Dios para cambiar el mundo y, por eso, para nosotros la cruz es sabiduría y fuerza de Dios (1Cor 1,18-25).
Marta García Fernández
