Fe Adulta

Augurio de resurrección

Algunas veces puede parecer que hablar de plenitud sea un recurso evitativo ante la dureza de la realidad o una huida que pretenda tapar el dolor y la tristeza. Sin embargo, y aunque menos evidente, también está el peligro contrario, esto es estar tan atentos al sufrimiento que no dejemos lugar para la integridad, la abundancia, la gracia. El resucitado que se presenta a los discípulos mantiene las llagas de la crucifixión y permite que quienes no lo reconocen las toquen; eso es verdad, pero eso no le impide ser luz, ser plenitud y ser presencia poderosa en medio de quienes tienen fe y esperan en él. Todo lo contrario, su vida ahora plenificada envuelve y resignifica todo lo que ha acontecido antes y se extiende hacia el futuro hacia todos los que creeremos en él. Por eso, la promesa, antes de su despedida, de que estará presente en medio de quienes crean en él.

El relato de la despedida de Jesús antes de su ascensión (Mt 28,16-20) nos confirma esta presencia suya entre nosotros, “todos los días hasta el final de los tiempos”. Resulta llamativo porque justamente estamos ante el adiós del resucitado. Y sí, su despedida implica paradójicamente su presencia constante y poderosa en medio nuestro. Y también encierra un envío a anunciar y a convertir a todos los pueblos. Ese envío es colectivo y plural: hagan, vayan… a todos los pueblos… La santidad posible por el movimiento del Espíritu y la acción de la gracia del resucitado no se viven en solitario. Ni se actualiza sin hacer nada. Es, por el contrario, movimiento, acción y comunicación.

En este domingo de Pascua las lecturas nos enfocan en la plenitud, la gracia y la abundancia de la comunidad del Resucitado. El grupo disfrutará de “la plenitud del que llena totalmente el universo” (1 Ef 2,23) y será receptora de un “espíritu de sabiduría y revelación que le permita conocerlo plenamente” (v.17). No se trata de certezas, de confirmaciones, de hechos mágicos o de resultados que se confirmen con acciones prestigiosas. Tal vez sea todo lo contario. Se trata de una presencia, de un augurio, ciertamente inaferrable e incontrolable, de la verdad, de la vida y de la resurrección. Las acciones cotidianas, incluso los aparentes fracasos, quedan integrados en este dinamismo trinitario que acoge, bendice y plenifica.

 

Paula Depalma

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