Evangelio domingo 11 de enero
(Mt 3,13-17)
Con el evangelio de este domingo se inaugura la vida pública de Jesús. Jesús es un buscador afectado por el dolor y las esperanzas de su pueblo. No se conforma con la realidad tal cual es, sino que anhela una transformación profunda de la realidad y del corazón de las personas. Con este deseo de cambio y conversión se acerca a la novedad de la propuesta de Juan y pide ser bautizado. Pero Juan reconoce en Jesús una propuesta cargada de una novedad radical que va mucho más allá de la propia tradición penitencial de Israel, como es la suya. Por eso su resistencia a bautizarle.
El bautismo de Jesús es un bautismo de Espíritu que expresa su radical disponibilidad con el sueño de Dios: la fraternidad y la sororidad humana más allá de toda norma o legalidad injusta y que reconoce la centralidad de las personas y su dignidad por encima de los intereses de las instituciones o las tradiciones. Es una experiencia fundante en la que Dios le confirma como Hijo Amado, cubriéndole con su Espíritu y capacitándole para la misión. Una misión que como leemos en la primera lectura y le segunda lectura le va a llevar a ir por la vida haciendo el bien, alentando la esperanza desde las situaciones más frágiles: la caña cascada no quebrará y la mecha vacilante no apagará, un compromiso inquebrantable con la justicia desde los más pequeños e invisibles (Act 10,34-38; Is 42,1-4.6-7).
De este modo, en Jesús, Dios irrumpe en la historia humana identificándose plenamente con ella. Por ello podemos decir que Jesús es la máxima accesibilidad de Dios, su lenguaje y su gramática, su Palabra encarnada. En Él y por Él se nos regala la experiencia de filiación que nos ayuda a vivir arraigados y arraigadas en el amor, como origen y fuente de la vida y hermanados con toda la humanidad y la creación. Sin embargo, esta hermandad se haya siempre amenazada por las dinámicas del egoísmo, la indiferencia, la sospecha hacia los diferentes o el individualismo que anidan también en el corazón humano y el corazón de las estructuras sociales. Por ello La fraternidad y la sororidad piden siempre nuestra complicidad. Nos vamos haciendo hermanos y hermanas cada vez que en nuestras opciones más cotidianas elegimos, como dicen los africanos y africanas el Ubuntu: el convencimiento, hecho praxis relacional e histórica, de que somos si los otros también son y para ello es necesario cargar, hacerse cargo y encargarse de la realidad, como hizo Jesús. El infierno no son los otros, sino que el infierno es olvidar que somos con otros. Solo desde la interdependencia, la projmidad y la responsabilidad de alumbrar un nosotros inclusivo donde todas las vidas importen lo humano alcanza su sentido y plenitud.
También nosotros y nosotras por el bautismo participamos de esta misión de Jesús. ¿Por dónde reconocemos hoy que la fraternidad y la sororidad están más amenazadas en nuestros ambientes y necesitamos renovar con más imaginación y radicalidad nuestros compromisos?
El Evangelio de hoy nos habla también de la complacencia de Dios, de su alegría plena. ¿En qué y en quienes se complace hoy Dios en nuestros contextos? ¿Como aproximarnos a estas realidades y personas para participar de esta alegría y plenitud y dejarnos contagiar por ellas?
Pepa Torres Pérez
