Introducción
Si alguna vez has oído hablar de mí, sabrás que desde hace unos treinta años mantengo un desacuerdo público con lo que se considera la doctrina actual de la Iglesia en lo que (para ahorrar tiempo) denomino «cuestiones gais». Aunque quizá me desapruebes, o incluso me desprecies, por decir lo que digo, espero que podamos estar de acuerdo en que pago el precio por defender mis posturas. Mi desacuerdo público con lo que la autoridad eclesiástica considera una «doctrina de tercer orden» y las consecuencias prácticas de actuar según mi conciencia en relación con ese desacuerdo me han convertido, en la práctica, en una «no persona» dentro de la Iglesia que amo. Aunque soy sacerdote y doctor en teología, durante los últimos treinta y tantos años no he podido ejercer un ministerio público en la Iglesia ni ocupar un puesto docente en una facultad católica. En 2015 fui destituido formalmente del estado clerical (sin que se me presentara acusación alguna ni se me diera explicación alguna). Posteriormente, en 2017, por una gracia especial del papa Francisco, se me confirmó en el sacerdocio y se me concedió la facultad de predicar y de absolver. Por las razones que fueran, el Santo Padre decidió que mi vocación no debía simplemente descartarse, aunque no me devolviera al ministerio público. Sospecho que esto último se debió a que habría puesto a cualquier Ordinario que accediera a incardinarme en la poco envidiable situación de tener que aceptar públicamente defenderme frente a la inevitable oleada de odio que inundaría su despacho, cuando la labor de un obispo incluye defender la doctrina vigente de la Iglesia, esté o no de acuerdo con ella personalmente.
Así pues, si consideras que la condición de «no persona» es el lugar adecuado para mí, no puedo sino estar de acuerdo. Ocupar este lugar es la forma de mi obediencia a la Iglesia, como ella me manda ejercer mi sacerdocio. No ser bienvenido para participar en la vida de una Iglesia local duele; atravieso ocasionalmente momentos de tristeza y desánimo, y anhelo que esta situación cambie. Pero esto no empaña la profunda alegría que me produce la gracia que me ha permitido ocupar este limbo canónico y vivir mi vocación. No estoy seguro de que exista alguna vía formal que me permita ejercer un ministerio público hasta que el desacuerdo en el ámbito que he mencionado deje de ser tan tenso psicológicamente para el mundo clerical como lo es actualmente.
¿Por qué empiezo así? No para quejarme, sino para mostrarles que me considero al menos tan conservador como Uds. a la hora de esperar que la enseñanza y el testimonio de la Iglesia sean a la vez verdaderos, claros y lógicos. Me he jugado mi sustento por ello. Quiero invitarles a que se solidaricen no conmigo, que no lo necesito, sino con todos aquellos que se ven obligados a mantener públicamente posturas que saben que son falsas o que se han visto obligados a defender por otras razones, y con aquellos que, desde dentro de esos mismos círculos, están intentando hacer algo al respecto.
En respuesta al informe del Sínodo del Grupo 9, algunos de Uds. han mostrado indignación ante lo que perciben como una falta de honestidad al introducir sutilmente la normalización de la homosexualidad en contra de la enseñanza constante de la Iglesia. Lo mismo parece haber llevado a algunos de Uds. a odiar al papa Francisco o a condenar la «confusión creada en las mentes de los fieles» por las señales evidentes que él dio. A algunos de Uds. les indigna que un testimonio sobre Courage, aportado por uno de los testigos seleccionados entre las numerosas contribuciones recibidas, se haya hecho público en un informe semioficial. Y ello, teniendo en cuenta que Courage es un grupo católico cuyo objetivo declarado es apoyar a aquellos católicos gais y lesbianas que buscan llevar una vida de continencia y celibato de acuerdo con la enseñanza magisterial vigente. Algunos de Uds., conociendo tan bien como yo el elevado porcentaje de hombres gais en el clero en general, y en el Vaticano en particular, optan por ver todo esto como una especie de conspiración sodomítica progresista para subvertir la doctrina de la Iglesia.
Naturalmente, no les pido que me consideren un aliado. Les ruego que hagan algo ligeramente diferente, que es mostrar un poco de empatía hacia todos los que participan en la reflexión sobre este asunto: papas, cardenales, obispos, los teólogos y testigos que forman parte del Grupo de Estudio 9, Courage y aquellos a quienes han influido de una forma u otra, así como otros católicos en general. Aquí hay un problema real, no simplemente de ideología o de fibra moral: si de verdad aman la Iglesia que tenemos, en lugar de la que creen que deberíamos tener, por favor, ayúdenme a poner de manifiesto cuál es ese problema real, de tal manera que quede claro que no se trata de malicia, astucia, lujuria ni política de poder.
Parte 1
Por comodidad, y para no quitarles demasiado tiempo remontándonos demasiado atrás en la historia, propongo que empecemos por el periodo en torno al documento Humanae Vitae del papa Pablo VI. Como saben, el papa Pablo consideró que su misión era mantener lo que, en realidad, es la única enseñanza —o norma central— que tiene la Iglesia católica sobre la sexualidad. Se trata de que el acto sexual entre cónyuges de distinto sexo, abierto a la procreación, es algo bueno. Y que cualquier otro acto sexual es, en mayor o menor medida, una versión mala —porque defectuosa— de ese acto bueno. Esta norma ya se había elaborado en la época anterior a la muerte de Clemente de Alejandría, en el año 215 d. C., y se convirtió en la enseñanza tradicional de la Iglesia, recibiendo un respaldo más firme por parte de Tomás de Aquino en el siglo XIII. El papa Pablo se vio presionado por muchas personas, incluida la gran mayoría de los miembros de la comisión que él mismo había nombrado para estudiar el asunto, para que dejara de ser indispensable que la función amorosa o «unitiva» del acto sexual fuera acompañada de su función de engendrar hijos o «procreativa». En otras palabras: la mayoría de los miembros de la comisión, todos ellos católicos comprometidos, no creían que todo acto sexual tuviera que estar abierto a la posibilidad de procreación para ser bueno. Sin embargo, en 1968 el Papa les dijo que estaban equivocados: para evitar el pecado, todo acto sexual debe estar abierto, al menos potencialmente, a alcanzar su finalidad indispensable en la procreación.
El papa Pablo quedó, según todos los indicios, profundamente conmocionado cuando quedó claro que la gran mayoría de los fieles católicos con experiencia directa en el asunto en cuestión no aceptaban su enseñanza, y que varias conferencias episcopales hicieron todo lo posible por mitigar la consternación provocada entre los fieles, enseñándoles la importancia de la conciencia. Aunque es difícil obtener estadísticas fiables, casi sesenta años después, entre la población católica, entre el 80 % y el 90 % no acepta la enseñanza ni la pone en práctica. Tras los primeros años en los que Juan Pablo II intentó revitalizar la enseñanza del papa Pablo VI, tanto a través de sus escritos como de quienes nombró obispos, el tema ha ido perdiendo importancia gradualmente. Tanto el papa Benedicto como el papa Francisco se mostraron bastante discretos al respecto y probablemente haya muchos jóvenes católicos, incluso en culturas altamente legalistas como la del catolicismo estadounidense, que simplemente desconocen dicha enseñanza.
En la mayoría de los lugares donde el empleo depende de la aprobación de las instituciones católicas, no se intenta controlar este asunto. Los católicos heterosexuales que no están casados, o que están divorciados, rara vez, por no decir nunca, son despedidos si se descubre que mantienen una relación sentimental. Y mucho menos se plantea la cuestión de la abstención de cualquier pareja casada en el uso de métodos anticonceptivos artificiales —algo invisible para cualquiera ajeno a la pareja— como un obstáculo para acceder a un puesto de trabajo, o para que sus hijos sean bautizados, confirmados o admitidos en colegios católicos. Los sacerdotes, que escuchan muchas más confesiones de personas heterosexuales que yo, te dirán que sus penitentes casados rara vez mencionan el tema, y que ellos, los sacerdotes, son reacios a sacarlo a colación, por miedo a que eso aleje a la gente de la confesión, lo que les dificultaría acudir a la reconciliación cuando se sienten agobiados por pecados que realmente les preocupan.
Cabe mencionar que, a raíz de la Humanae Vitae, se fundaron varios grupos para ayudar a aquellas parejas católicas que deseaban seguir la enseñanza a hacerlo. Siguiendo tal o cual método para programar sus relaciones íntimas, pudieron cumplir al pie de la letra la enseñanza, reduciendo al mínimo la posibilidad de concepción derivada del acto sexual sin impedirla por completo. También hubo intentos de revestir la obediencia a la enseñanza con un lenguaje que sonara menos aristotélico, como el que ofrecía la «Teología del Cuerpo» de Juan Pablo II. Los grupos que ponían esto en práctica tenían necesariamente mayor influencia de la que justificaba su número, ya que tanto ellos como los obispos que los apoyaban podían ganarse el favor del Papa demostrando su lealtad hacia él en un asunto que le tocaba especialmente el corazón.
Sin embargo, la gran mayoría de los fieles simplemente ha dejado de pensar en sus relaciones, sus cuerpos y sus familias utilizando las herramientas intelectuales que Pablo VI había empleado para emitir su juicio. No lo hicieron por inmoralidad, debilidad de fe, frivolidad o por ser víctimas de un secularismo desenfrenado. Lo hicieron porque el mundo lingüístico, biológico, psicológico y moral que condujo a ese juicio ya no tenía sentido para ellos. Y esto se debió en gran medida a la normalización de los asombrosos avances de la ginecología en particular, y de la medicina moderna en general, desde el descubrimiento del ovario en 1858. La determinación del papa Pablo VI en 1968 de atenerse a definiciones cuyo trasfondo del siglo III había sido la biología reproductiva propuesta por Aristóteles —la mejor de su época— no traspasó los límites de un marco de significado en desvanecimiento. Eso, junto con los cambios a largo plazo en una mentalidad cultural que había dado por sentada la propiedad masculina sobre los cuerpos femeninos, garantizó la mala acogida de la enseñanza.
Ahora bien, fíjate en lo que esto significa en la práctica: significa que la gran mayoría de los fieles católicos no acepta, ni en teoría ni en la práctica, que un acto sexual que no esté abierto a la posibilidad de procreación sea, por el mero hecho de ello, un «acto intrínsecamente malo por carecer de su finalidad indispensable». Saben que las relaciones sexuales entre parejas sin un propósito procreativo pueden ser algo perfectamente bueno. Y cuando no lo son, es muy raro que sea la falta de apertura a la procreación lo que haya menoscabado el acto: la mayoría de las veces es alguna forma de violencia emocional o física, de incompetencia o de falta de delicadeza lo que lo ha convertido en una versión defectuosa de sí mismo. Esta no aceptación del carácter obligatorio de la finalidad indispensable del acto no se castiga, de hecho, de ninguna manera, ni la obediencia o desobediencia de una pareja se hace visible de ningún modo, salvo cuando la pareja en cuestión lo expresa deliberadamente. Y la autoridad eclesiástica se ha acostumbrado por completo a esta situación. Cuando una enseñanza se queda en el papel, no se transmite entre varias generaciones de familias y no se vigila allí donde incluso las autoridades eclesiásticas conservadoras tienen el poder de hacerlo, entonces, de facto, la enseñanza es lo que hace la Iglesia, no lo que dice un documento.
Afortunadamente, y en parte porque la desobediencia en lo que respecta al «acto sexual intrínsecamente malo, privado de su finalidad indispensable» es invisible y no se controla, existe un abundante y buen discurso católico sobre el matrimonio: la preparación para el mismo, la procreación, el compañerismo, la vida compartida, la dinámica familiar, donde la «cola» de esa enseñanza no mueve al «perro» del asunto que nos ocupa. Fuera de las facultades de teología moral, estrictamente controladas, se ha desarrollado un amplio y rico discurso católico sobre lo que podríamos llamar la «vida en pareja heterosexual», porque las personas son capaces de hablar de estas cosas gracias a su experiencia, con la ayuda de novelas, películas, canciones y la psicología. Son capaces de encontrar su camino hacia la comprensión de cómo vivir el sacramento del matrimonio a través del significado adquirido a lo largo del camino y compartido con los demás mediante el testimonio dado, filtrando gradualmente aquello que no proviene de Dios y asimilando —y floreciendo a través de ello— aquello que sí proviene de Él. Aprendiendo con el paso del tiempo.
Ahora bien, aquí es donde empieza a surgir para la autoridad eclesiástica el verdadero problema al que aludí anteriormente. Porque, como es lógico, existe una pequeña minoría de católicos que nos sentimos orientados principalmente, tanto emocional como eróticamente, hacia personas de nuestro mismo sexo. Por lo tanto, merece la pena comparar cómo la autoridad eclesiástica trató de abordar nuestra situación a partir de 1968, ya que tanto en los casos de la mayoría como en los de la minoría, la autoridad eclesiástica propone exactamente a la misma doctrina. Según se dice, el padre Gustave Martelet, SJ, le comentó a Pablo VI, mientras este reflexionaba sobre qué postura adoptar al redactar la Humanae Vitae, que, si permitía que se rompiera el vínculo entre la función unitiva y la procreativa del acto sexual, privaría a la Iglesia de cualquier razón lógica para enseñar en contra de los actos homosexuales. Y ese es exactamente el caso, ya que, siguiendo la misma lógica, un acto sexual entre personas del mismo sexo constituye «un acto intrínsecamente malo porque no está abierto a su finalidad indispensable». La única diferencia entre este acto y su equivalente heterosexual es que no se interpone deliberadamente ningún obstáculo a la finalidad indispensable del acto (algún método anticonceptivo artificial): porque no es necesario. El uso del preservativo, por ejemplo, entre varones homosexuales es una opción profiláctica, nunca anticonceptiva.
Veamos, pues, un poco de historia sobre cómo esa misma enseñanza ha ido evolucionando a lo largo del tiempo en relación con este grupo concreto. En 1975, la autoridad eclesiástica quiso subrayar sus puntos de vista sobre la ética sexual en general y lo hizo en un documento que incluía la primera enseñanza pública de la Iglesia en la historia en la que se utilizaba la palabra «homosexualidad»[1] . Esto se debió a la sencilla razón de que la única enseñanza que la Iglesia había impartido sobre el tema durante los siglos anteriores se refería a los actos entre personas del mismo sexo. Literalmente, no existía ninguna enseñanza magisterial previa sobre «las personas que son así». Y, de hecho, la palabra «homosexual», el primer término semicientífico para describir a «las personas que son así», no se acuñó hasta 1869. En el documento de 1975, la autoridad eclesiástica se mostró consciente de los importantes avances médicos y psicológicos en este campo durante los veinticinco años anteriores, ya que, al reiterar su enseñanza sobre los actos que no pueden alcanzar su finalidad indispensable, habla de la «condición homosexual», advirtiendo de que algunas personas estaban tratando esto como una realidad neutra o incluso positiva. ¿Por qué esta advertencia? Porque la autoridad eclesiástica sabía que, si la «condición» fuera neutra o incluso positiva, los actos no podrían ser intrínsecamente malos, ya que la condición formaría parte del orden creado y los actos que de ella se derivaran tendrían, por lo tanto, una finalidad propia como partes buenas de la creación, una finalidad que, evidentemente, no incluiría la procreación. Así pues, se trataría entonces de actos contingentemente buenos o malos, cuya bondad dependería de circunstancias enteramente ajenas a su idoneidad para la procreación.
La percepción de que los gais y las lesbianas «simplemente son así», o, en mi expresión poco poética, de que somos «portadores de una variante minoritaria, no patológica y de ocurrencia regular en la condición humana», había seguido creciendo, no obstante, en toda la sociedad occidental y mucho más allá, allá donde la gente se acostumbraba a encontrarnos y a conocernos. Incluidos, por supuesto, los seminaristas y los miembros del clero que se encontraban y se conocían entre sí y a sí mismos. En otras palabras, el intento de insistir en que éramos, de una u otra forma, personas heterosexuales defectuosas, cuya condición no podía describirse de manera neutral o incluso positiva, se topaba con una dificultad cada vez mayor. Y esto condujo a un auténtico problema (teórico): si la autoridad eclesiástica llegara a admitir que «las personas gais y lesbianas simplemente son así», estaría reconociendo una categoría de seres humanos para quienes la intimidad sexual no requiere una apertura a la procreación. Por supuesto, sería absurdo permitir tal intimidad a la minoría con orientación hacia el mismo sexo, mientras se la niega a la mayoría con orientación hacia el sexo opuesto, y hacerlo hundiría de hecho la Humanae Vitae.
La única forma lógica, pues, de «salvar» la Humanae Vitae —es decir, de tratarla como una enseñanza aún válida para las personas heterosexuales, aun cuando quedara claro que su principal público destinatario no la aceptaba— era insistir en que las personas gais y lesbianas debían considerarse a sí mismas como heterosexuales defectuosos cuya condición debía definirse partiendo de su (no) relación con el acto conyugal abierto a la procreación. Esto fue lo que dio lugar a la famosa frase del documento de 1986[2], en la que se afirmaba que «si bien la tendencia homosexual no es en sí misma un pecado, es una tendencia más o menos fuerte hacia actos que son en sí mismos intrínsecamente malos y, por lo tanto, debe considerarse objetivamente desordenada».
Esta formulación presentaba varios elementos novedosos. El primero es que, al afirmar que la tendencia homosexual no es en sí misma un pecado, la autoridad eclesiástica evita la tentación neo-calvinista de considerar «la tendencia homosexual» como algo absolutamente depravado. Por lo tanto, cualquiera que afirme que «la Iglesia enseña que la homosexualidad es un pecado» está, sencillamente, equivocado. El segundo es afirmar, por primera vez en la historia, que la tendencia homosexual debe considerarse objetivamente desordenada. Esto no significa lo que «objetivamente desordenado» suele significar en el lenguaje moderno (como, por ejemplo, cuando decimos que «sabemos objetivamente, gracias a los descubrimientos de la ciencia, que la anorexia es un trastorno patológico»). Significa que la tendencia está «alejada de su verdadero objeto». Siendo el verdadero objeto un acto sexual con una pareja casada del sexo opuesto que esté abierto a la procreación. La afirmación tiene por objeto cerrar la laguna jurídica relativa a los «actos intrínsecamente malos» que se había abierto con la posibilidad de que las personas gais y lesbianas «simplemente sean así». Los autores sabían que un acto intrínsecamente malo no puede derivarse de algo que es bueno, por lo que, para mantener el acto como intrínsecamente malo (en contraposición a bueno o malo dependiendo del contexto), necesitaban redefinir aquello de lo que se deriva como algo desordenado, pero sin convertirlo por ello en radicalmente depravado.
El tercer elemento que merece la pena destacar es de carácter lógico: la formulación deja claro que la enseñanza central que se mantiene es la de la prohibición de los «actos intrínsecamente malos», al igual que para las personas heterosexuales. Pero también deja claro que esa enseñanza, en el caso de las personas gais y lesbianas, solo puede mantenerse si se considera que su tendencia está desordenada con respecto a su objeto propio. Eso es lo que afirma «debe considerarse». Formalmente hablando, la afirmación es la siguiente: «Puesto que sabemos de manera absoluta y con certeza que tal acto es siempre y en todas partes incorrecto, y puesto que sabemos que los actos intrínsecamente malos no pueden derivarse de buenas tendencias, por lo tanto debe haber algo errado en tu tendencia a realizar el acto en cuestión». Se puede ver que esto funciona como un silogismo perfectamente circular. No obstante, si la tendencia se basa de hecho en la biología y la psicología humanas reales y existentes y resulta no ser patológica, entonces habrás acabado, aunque sea sin darte cuenta, haciendo una afirmación de verdad sobre algo que es. Una afirmación basada no en la observación, sino en tu necesidad de mantener intacta una prohibición.
Se puede entender por qué los autores anglófonos del documento de 1986 (cuyo original estaba en inglés, no en latín[3] ) optaron por esa formulación. Se enfrentaban a amables obispos católicos que querían poder decir: «Sí, sabemos que Uds., los gais y las lesbianas, simplemente son así, y que Dios los ama tal y como son. Lo único que les enseñamos es que sus relaciones sexuales están prohibidas». Pero esto, como sabe cualquier pensador genuinamente católico, es una tontería propia de mentes débiles: las auténticas prohibiciones morales en el cristianismo deben corresponder a algo verdadero sobre la naturaleza de quienes las afectan; no pueden limitarse simplemente a: «Bueno, no deben hacer esto porque nosotros lo decimos, o porque Moisés dice que no deben hacerlo». El cristianismo no conoce ninguna ley moral extrínseca: de eso trataban precisamente las discusiones de san Pablo con sus hermanos judíos en torno a la Ley. No, la única forma de hacer que la Humanae Vitae se mantuviera firme era descartar la posibilidad de que cualquier acto entre personas del mismo sexo pudiera estar adecuadamente ordenado, evitando al mismo tiempo la solución proto-protestante de declarar que una forma concreta de deseo humano es intrínsecamente depravada. Una cuerda floja excepcionalmente delicada de recorrer, y cuyo recorrido incierto ha inyectado, sin quererlo, una confusión significativa en la vida de la Iglesia.
¿Qué quiero decir con esto? Pues bien, las autoridades eclesiásticas de la década de 1980 parecen haber pensado que «siempre que las personas homosexuales no “salgan del armario” ni formalicen jamás sus relaciones en la esfera pública, entonces nadie se dará cuenta realmente de sus actos[4] y no serán objeto de discriminación». Por supuesto, apenas tendrán culpa subjetiva alguna en el asunto, si es que tienen alguna, y un clero en gran medida benévolo les perdonará muy fácilmente, tal y como nos hemos estado perdonando mutuamente en este asunto durante siglos. Así pues, deberían guardar silencio, no salir del armario, y el asunto será tan privado como lo es casi toda la desobediencia conyugal heterosexual en este ámbito». Estas autoridades de mediados de la década de 1980, de hecho, juzgaron muy mal lo que estaba sucediendo a su alrededor, a saber, que las grotescas desigualdades legales que se imponían a las parejas del mismo sexo durante los años previos a los antirretrovirales en la era del sida hacían que la protección jurídica formal de sus uniones fuera urgentemente necesaria: alguna forma de garantizar los derechos de visita de los familiares más cercanos, los derechos de pensión compartidos, los derechos del cónyuge supérstite y los derechos de propiedad compartida. Y la forma más sencilla de garantizar todo ello, al igual que en las uniones heterosexuales, era —y sigue siendo— el matrimonio civil.
Lo que esto significaba era que, si echamos la vista atrás a la Humanae Vitae, con el tiempo surgió una diferencia real y visible entre grupos de personas que ignoraban alegremente la misma enseñanza de la Iglesia: la mayoría heterosexual, cuya ignorancia o indiferencia respecto a dicha enseñanza era invisible y no era objeto de control; y la minoría gay o lesbiana, cuya ignorancia o indiferencia respecto a esa misma enseñanza de la Iglesia es claramente visible en todas aquellas parejas duraderas que se muestran felices de aparecer juntas en público, y más aún si han optado por lo que su país les ha propuesto como la vía legal para garantizar sus derechos básicos como pareja.
Llegados a este punto, quiero explicarles por qué este es un asunto mucho más importante para todos nosotros, como Iglesia, de lo que podría parecer. Cuando la desobediencia habitual, aunque invisible, a exactamente la misma enseñanza no tiene ninguna consecuencia para la gran mayoría de los fieles, y sin embargo, para una minoría pequeña pero significativa de la población, esa misma desobediencia habitual es visible y, por lo tanto, susceptible de discriminación, hemos llegado a una situación de hecho que ningún cristiano católico responsable, y desde luego ningún líder católico, podría tolerar: que se permita, o incluso se fomente, que las personas juzguen negativamente a otras por hacer exactamente lo mismo que ellas mismas hacen[5] .
Si hay algo fundamental en la vida eclesial, desde las palabras de Jesús en los Evangelios hasta la correspondencia de Pablo y otras epístolas, es que juzgar a otras personas por cosas que nosotros mismos hacemos es una forma segura de permanecer bajo la ira[6] . Y, por supuesto, la mayoría de las personas heterosexuales desconocen el hecho de que, si ellas mismas ignoran la enseñanza, pero, no obstante, condenan a las personas gais y lesbianas por practicar exactamente los mismos actos prohibidos, entonces han sido empujadas hacia la ira por la autoridad eclesiástica. Esto se debe simplemente a que esas personas heterosexuales pueden muy bien suponer que los actos entre personas del mismo sexo son malos por el mero hecho de ser actos entre personas del mismo sexo (actos que, al tener un factor de «repulsión», son bastante diferentes de los suyos) y no porque sean actos sexuales que no se ajustan a su finalidad indispensable (actos que son moralmente idénticos a los suyos). Y es que la autoridad eclesiástica puede controlar —y de hecho controla— lo visible, pero se conforma con aplicar la política de «no preguntes, no digas» con lo invisible. No es de extrañar que el papa Francisco estuviera tan empeñado en intentar transmitir que las personas gais y lesbianas son iguales a las heterosexuales en lo que respecta a los pecados, y no es de extrañar que, por ejemplo, la USCCB y sus litigiosos partidarios, tras haber construido toda una estrategia jurídica en torno a la obtención de exenciones para la Iglesia de las leyes laborales justas relativas a las personas gais y lesbianas, se sintieran tan molestos. Francisco intentaba salvarlos a ellos y a todos nosotros de lo que Pablo llama «la ira».
Esta es, pues, la razón fundamental por la que les pediría que mostrasen cierta comprensión hacia quienes, desde las instancias de autoridad, han estado tratando de abordar esta cuestión: con el paso del tiempo, la forma de pensar que llevó a mantener la validez de la Humanae Vitae ha tenido consecuencias gravemente discriminatorias. Para las personas heterosexuales, es una cola que no agita al perro: la enseñanza no ha obstaculizado toda una serie de otros avances en lo que es bueno a la hora de vivir el sacramento del matrimonio. De hecho, si la Humanae Vitae se abandonara discretamente, probablemente solo se notaría en las facultades católicas de teología moral y entre los historiadores. Para las personas gais y lesbianas, sin embargo, la cola agita tanto al perro que ya no hay perro: si solo se puede hablar de la forma básica de la vida en pareja visible en relación con la tendencia objetivamente desordenada que conduce a actos intrínsecamente malos, entonces no se puede ni imaginar ni trabajar por un bien compartido, sino solo por un mal mitigado. La reacción que muchos de Uds. tuvieron ante la aprobación de Fiducia Supplicans por parte del papa Francisco es prueba de su percepción de Uds. de que la cola, de facto, elimina cualquier posibilidad de que exista un perro.
En otras palabras, a los gais se les ha hecho pagar las consecuencias de algo a lo que los heterosexuales renunciaron hace mucho tiempo sin sufrir ninguna consecuencia. Incluso si les encanta el tipo de pensamiento que condujo a la Humanae Vitae y su ingeniosa forma de incluir a los gais y las lesbianas en la misma enseñanza, les pido que consideren que las consecuencias injustas de esta lógica, con el paso del tiempo, se han convertido de hecho en una cuestión ética y espiritual bastante grave por derecho propio, con el riesgo de acarrear graves consecuencias para quienes juzgan lo visible e ignoran lo invisible (mucho más amplio). Y que quienes intentan prestar atención a esto no son ni traidores ni herejes.
James Alison
Religión Digital
