Fe Adulta

¿Celebramos la eucaristía?

La Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (LG 11). «Los demás sacramentos y ministerios eclesiales están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan, según el catecismo, que recuerda también las palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía”.

Quizá el problema es que en casi todo lo relacionado con la Eucaristía se pone el acento en lo que es, y bastante menos en lo que supone de vivencia y compromiso en los seguidores de Cristo. Hablamos de “celebración comunitaria”, pero lo cierto es que suele tener más bien poco de ambas. La propia disposición de bancos en la mayoría de templos invita a una actitud individualista. Algunos templos, todavía muy pocos, ya disponen sus bancos en forma circular en torno al altar en medio del templo generando un ambiente más comunitario en el que sentirse en común unión.

“Padre nuestro” decimos, pero todo invita en la liturgia a una actitud de “Padre mío” sin que los que me rodean formen parte de mi oración. No existe una conciencia comunitaria en la misa: Dios, el cura y yo, apenas quebrada por el rito de la paz antes de la comunión, un gesto comunitario que algunos tratan de obviar porque rompe ese individualismo. La pasividad es la norma hasta en la respuesta a las plegarias: en las misas dominicales, buena parte de la feligresía apenas abre la boca en una actitud nada celebrativa. En las misas de los días de labor, que todavía quedan, todo es más acusado: la gente se coloca bien separada y lejos del altar, en actitud que invita al propio celebrante a que se exprese de manera monocorde.

Alguien me dirá que la misa no es una francachela, y tiene razón. Entonces, lo que hay que revisar su expresión vinculada a nuestra misión. Jesús instituyó el sacramento del amor indicando con toda claridad que esa Cena Pascual debemos revivirla en memoria suya, en plural, reunidos en torno a la Eucaristía para vivir y compartir su amor a nuestro alrededor en la fe que profesamos. Que eso es evangelizar. No es suficiente coincidir en un templo para escuchar (¿oír?) siguiendo el rito litúrgico.

Creo que la evangelización debe comenzar por evangelizarnos, que para eso está la Cuaresma. La asistencia a las eucaristías desciende de manera sostenida, y no nos preguntamos por qué. Mejor dicho, no respondemos a la pregunta en lo que nos toca a nosotros. Y así seguimos, sin cambiar nada, no ya de la liturgia, sino de la actitud interior en la única oración comunitaria que nos pidió el Señor; asistimos a la misa sin compartir fraternalmente este momento tan especial, ¡el sacramento del amor!, que es la seña de identidad cristiana.

¿Somos creíbles ante quienes quisieran tener fe y ven nuestra vivencia cuando nos reunirnos cada domingo? ¿Qué anida tras las resistencias a cambiar la actitud individualista por otra más comunitaria que, sin duda, aportaría la alegría de compartir la fe junto al compromiso que de ella deriva? ¿Estamos tan seguros de que estas misas son la expresión fidedigna de lo que quiere Dios de sus testigos?

Hasta en la instrucción Redemptionis Sacramentum (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos) se afirma que “La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva”. Por desgracia, no pocos laicos y laicas son los primeros que no quieren cambiar su rutina ni su actitud.

Celebrar juntos, de verdad, el Misterio de la fe -para eso se canta- requiere otra actitud. La sola manera de colocarnos lo más lejos posible unos de otros, indica un problema de fondo. Esas misas que quedan aún, de a diario… ¡qué ocasión para arracimarnos en torno al altar, o al menos en los dos primeros bancos, todos juntos!, tratando de actualizar en nuestros corazones el memorial de lo que significa cada misa, sobre todo en el Jueves Santo…

PDTA – Un celebrante me comentaba hace unos días que en una misa de labor solicitó al reducido número de feligreses, que se acercaran a los primeros bancos para compartir físicamente lo que es la oración comunitaria por excelencia. Y logró que todos los asistentes -28 personas- le hicieran caso, eso sí, poniendo él de su parte para convencer a algún reticente que luego se manifestó satisfecho con la iniciativa. Un grano no hace granero, pero…

 

Gabriel Mª Otalora

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