21 de junio
Mt 10, 26-33
Las grandes tradiciones sapienciales o espirituales invitan de manera constante a vivir en confianza. El motivo, según ellas, no es otro que la naturaleza plena y benéfica del Fondo de lo real. Como si dijeran: “Confía, porque estás en buenas manos”.
Lo opuesto a la confianza es el miedo, que los humanos, necesitados y vulnerables, conocemos de primera mano. “El día que yo nací —escribía el filósofo Thomas Hobbes— mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”. El miedo es la otra cara de la necesidad; se comprende que sea nuestro compañero de viaje.
La invitación que nos llega de las personas sabias —como Jesús en el texto que leemos hoy— consiste en dirigir nuestra mirada más allá de la mera superficie, para alcanzar el Fondo de lo real. Nuestra forma concreta —persona—, necesitada y frágil, es expresión y despliegue de un Fondo —nuestra identidad— que es Plenitud estable.
Y no se trata de una creencia. Es algo que podemos experimentar cuando, gracias al entrenamiento, aprendemos a silenciar la mente y, en ese silencio, permanecemos en la Espaciosidad de la presencia.
Descubrimos entonces, de primera mano, que, con mucha frecuencia, el miedo es hijo de la mente que, en virtud de sus experiencias pasadas —en modo de trauma—, sigue creando, de manera constante, escenarios atemorizadores. En cuanto hijo de la mente —cuando no es solo una señal inteligente de alarma—, el miedo puede ser atravesado y superado —trascendido— en el momento en que aprendemos a observar los pensamientos y dejamos de creer en ellos.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
