
A menudo vivimos como los discípulos del evangelio: “al anochecer”, “con las puertas cerradas”, “temerosos”… No hemos visto ni experimentado al resucitado. Pero hay también experiencias, que avanzan descubriendo y viviendo la pasión misionera y el amor ante los que sufren, y se va descubriendo como la plenitud y la realización está en salir de uno mismo y vivir para los demás, junto a otros, en comunidad.
