Fe Adulta

¿Cristo… rey?

Lc 23, 35-41

«Esta misma tarde estarás conmigo en el Paraíso»

No. Cristo no reina en el mundo. Reina el dinero, la avaricia, la insolidaridad, el derroche, el consumo compulsivo, la expoliación del hábitat, la explotación de personas, la sacralización de lo que nos deshumaniza, el menosprecio de los valores que nos hacen humanos, el descrédito de la concordia, la exaltación del conflicto, la ley del más fuerte, la guerra…

Y me dirán que no todo es así; que también hay cosas buenas –y tendrán razón– pero “lo que reina” en el mundo sí es así. Lo que reina en el mundo es una forma de vida que está llevando a nuestro planeta a una situación límite. Lo que reina en el mundo es un sistema económico que genera una desigualdad creciente y escandalosa; casi criminal. Mucha gente muere de hambre y falta de medicinas básicas mientras otros tiramos el treinta por ciento de los alimentos a la basura. Dentro de toda ciudad desarrollada convive la miseria con el derroche, y la inhumanidad campa por sus respetos. Una persona puede estar muriéndose en una acera concurrida mientras los demás pasamos indiferentes…

Necesitamos que en el mundo reinen otros valores, porque es evidente que con estos nos encaminamos al desastre a una velocidad de vértigo. Necesitamos sacudirnos la esclavitud a la que nos somete el dinero, sofocar el deseo irracional de cosas que no necesitamos, aprender a vivir con poco y compartir lo que tenemos con los que no tienen, descubrir que el prójimo también tiene anhelos y necesidades, recuperar la capacidad de compadecer, preferir dar que recibir, desterrar la violencia, acostumbrarnos a decir la verdad, trabajar por la paz y la justicia…

Necesitamos también reconciliarnos con la Naturaleza, porque no es posible garantizar el bien del género humano sin ampliar nuestro desvelo al entorno que lo acoge. Necesitamos poner coto al crecimiento descontrolado del mundo artificial porque lleva camino de engullir al mundo natural…

Y sólo cuando ello se logre podremos decir que Cristo reina en el mundo. Pero esto no es algo que vaya a ocurrir de manera espontánea; esto es algo que debemos lograr con el esfuerzo de todos, pero de una manera muy especial con el esfuerzo de los que nos proclamamos seguidores de Jesús, porque hemos aceptado la misión de hacer realidad esa utopía. Por eso, quizás sería bueno convertir esta festividad de exaltación de nuestro líder, en el día del compromiso con la tarea de trabajar para que los criterios de Jesús reinen en el mundo; en un día para que no olvidemos que somos enviados por Jesús con su misma misión… porque la tenemos muy olvidada…

«Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros»…

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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