Comentario a las lecturas del domingo 19 de julio 2026:
Sabiduría 12,13.16-19, Romanos 8,26-27, Mateo 13,24-43
La lectura de Sabiduría 12,13.16-19 nos ofrece una de las claves principales para entender la experiencia del Dios de Israel en el contexto de un pueblo que se sabe distinto entre las formas culturales y religiosas de los pueblos cananeos, Egipto y Asiria que le rodean. Dios digno de confianza porque nos escucha y nos acoge. Esta característica nos desvela dos cuestiones.
La primera es que la experiencia de que Dios nos ha creado por amor comienza a tomar forma junto a la experiencia de Salvación. El dios que les salvó, no se olvida de ellos, sino que permanece a la escucha de sus preocupaciones y necesidades y se muestra misericordioso y justo, ante la adversidad. Por eso no es un dios creador cualquiera, es un dios más bien cuidador o sostenedor, pues no se aleja de sus criaturas, sino que las alimenta, las sostiene en su debilidad, y las anima y empodera para participen en la transformación del mundo.
Comprender a Dios como Sabiduría nutriente, como Dios que alimenta la vida es una intuición que está presente en la experiencia de Jesús. Nada de lo que el ser humano pueda hacer, su incapacidad de empatizar con el mundo y otros seres humanos, su tendencia a poner sus intereses personales por encima de los demás, su capacidad depredadora y destructora, etc… evita que Dios siga nutriendo su creación en su deseo infinito de volver al jardín original.
Dios es Sabiduría en movimiento, amante de las personas, que invade cada rincón miserable, gime acompañando al ser humano ante la pérdida o la herida y libera un poder que permite comenzar de nuevo. Su alimento despierta la actividad creativa de la tierra y reorienta la vida dañada hacia el crecimiento, dejando atrás la violencia y el sinsentido. Nutre y fortalece a los pobres y los maltratados saciando el hambre y anhelo de justicia que la desesperanza humana cree no poder saciar.
La Sabiduría divina habita en el centro y en las periferias del mundo, es vitalidad que grita con dolores de parto, haciendo nacer cada día, cada instante la nueva creación. No escatima en recursos y es abundante en los regalos que cada día nos da. Dios sabe de nuestra debilidad, y hasta dónde podemos llegar y hasta dónde no, y nos alienta para resistir y resilir con su poder vivificante y continuar cuidando el jardín (Rm 8,26-27).
Aquí es donde podemos nombrar la segunda cuestión. La Sabiduría divina no mide su exceso que se derrama en todos y cada una de sus criaturas, sin importar su bondad o maldad. Jesús intuye que la lógica de Dios es diferente a la lógica y las leyes del ser humano. Con una imagen especialmente sencilla Jesús señala la infinita bondad y la determinación de Dios de no dar por perdida a ninguna criatura. Trigo y cizaña conviven juntas y no es posible separarlas (Mt 13,24-43). Sería una atrocidad pensar que se puede separar lo bueno de lo malo, la vida de la muerte, en las criaturas vulnerables que claman poder vivir una vida más vivible. Jesús es consciente de que la cizaña que al principio se parece al trigo, luego ahoga frecuentemente al bien. Y pone en boca del dueño de la mies la pregunta sobre si se debe arrancar la cizaña. Esta pregunta se mueve en la lógica de los seres humanos y su afán de clarificar lo que es vida y lo que es muerte, lo que es puro y lo que es impuro, lo que es bueno y lo que es malo. Jesús sabe que Dios no responde esta pregunta desde nuestras categorías. Su respuesta es seguir alimentando, nutriendo, con paciencia, acogiendo la muerte y la vida al mismo tiempo, cultivando una bondad que ama incluso sabiendo que al final la cizaña ahogará en cierta parte.
Por tanto, Jesús nos remite a la esperanza de que la Sabiduría divina siga nutriendo con el anhelo de que parte de esa cizaña no ahogue a la mies. Precipitarnos en juzgar y excluir la cizaña que crece no es la opción de Dios. La propuesta de Dios es seguir siendo fieles a un proyecto entrañable que va al corazón de las cosas y las gentes. La fidelidad activa, la que nutre y en ocasiones genera conversión: conversión del corazón propio, que se llena de más amor y misericordia y conversión del corazón «cizañoso», que se percibe acogido sin merecerlo a los ojos de la justicia humana. Así es cada día de nuestra vida, alimentar la vida circundante con paciencia y acogida, al tiempo que se desea en la acción el crecimiento de una bondad en la cizaña que mitigue el daño y la herida de nuestro mundo.
