Fe Adulta

¿Dónde pongo la dicha?

Domingo IV del Tiempo Ordinario

1 de febrero

Mt 5, 1-12

En última instancia, solo hay dos «lugares» donde podemos situarnos: en la identificación con el yo -sostenida por la creencia mental que nos identifica con él- o en la identidad profunda, que es una con el fondo de todo lo que es, y que nace de la comprensión experiencial.

En el primer caso, entenderemos la dicha o felicidad como todo aquello que sostiene, alimenta y fortalece al yo. Por lo que consumiremos nuestra existencia persiguiendo el tener, el poder o el aparentar, en definitiva, girando en torno al yo, siempre insatisfecho e insaciable, en lo que podría denominarse una «noria hedonista» que, a pesar de sus promesas, no hace sino asegurar la frustración y, por tanto, el sufrimiento. Cada vez vemos con más claridad que la búsqueda del placer, como objetivo prioritario, al margen de cualquier otra referencia, aboca ineludiblemente al sufrimiento y al vacío esencial.

O podemos vivir en conexión con nuestra identidad profunda. En el caso anterior, era necesario ir en busca de «algo» que completara nuestra existencia o la llenara de sentido. A partir de ahí, movidos por la ansiedad, nos veíamos impelidos a alcanzar aquello en donde habíamos proyectado nuestra felicidad. Por el contrario, al vivir en la comprensión, se nos hace patente que no hemos de buscar nada, sino sencillamente reconocer la plenitud que ya somos en nuestra dimensión profunda.

Vista desde la mente -viviendo en el yo-, la vida parece necesitar siempre de «algo» que la complete o plenifique, que la llene de sentido porque, de otro modo, tenemos la sensación de que se pierde en un vacío que experimentamos como insoportable. Y ahí empiezan nuestro cuestionamiento y desasosiego: ¿qué podría hacer para poder sentir mi vida más «llena»? Sin embargo, al descansar en la comprensión, descubrimos que la vida es ya, en todo momento, plenitud de sentido y plenitud de dicha, por más que, en nuestra dimensión psicológica, la vulnerabilidad nos recuerde a cada paso la impermanencia de las formas. Y ahí aprendemos una lección decisiva: no busques «completar» tu vida con algún añadido, porque no lo necesita; reconoce, más bien, que la sensación de plenitud únicamente se hace presente cuando te reconoces como vida y fluyes con ella, cuando te haces consciente de que la vida no necesita ningún añadido ni ninguna razón para ser plena. Vivir -o quizás, mejor todavía, dejarse vivir- de manera consciente es en sí mismo la plenitud anhelada.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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