Mt 26, 14-27
«Éste es mi cuerpo … Ésta es mi sangre»
Cuando Jesús en su última cena dice a sus discípulos: «Haced esto en memoria mía», sabe muy bien lo que hace, porque esa invitación va a ser el motor que impulse toda su obra tras su muerte. Los primeros cristianos así lo entendieron y dieron la máxima importancia a la “Fracción de Pan”, o “Cena del señor”, que les hacía sentirse comunidad, escuchar la Palabra, practicar la fraternidad, soportar las persecuciones y atender la misión. Sin ellas hubiese sido imposible lograr esa unión y esa motivación que les hizo sobrevivir y acometer con coraje la tarea que les fue encomendada.
Pero las comunidades cristianas crecieron tanto que resultó imposible mantener su celebración por las casas y, ya desde la época apostólica, la Cena del Señor fue sustituida por la celebración de la eucaristía en grandes templos. Y la eucaristía perdió su carácter de asamblea de fieles (cuyo papel pasó a ser de meros oyentes), tomó un marcado sentido de sacrificio y la celebración se convirtió en rito obligatorio… Pero a pesar de todos los pesares, la eucaristía ha sobrevivido a lo largo de los siglos, ha sido la correa de trasmisión de la Palabra y ha hecho el milagro de hacer llegar a Jesús hasta nosotros. Gracias a ella, hoy Jesús forma parte de nuestras vidas.
Pero aquel problema original subsistió, y aunque esta eucaristía reducida (en general) a un mero acto de culto haya prevalecido a lo largo de los siglos, al topar con nuestra cultura tan desacralizada y tan alérgica a todo lo que suene a culto o a rito, ha entrado en franco declive.
Y esto es un desastre, porque como ya dijimos en otra ocasión, en la eucaristía nos reunimos los fieles, nos sentimos comunidad y nos confortamos mutuamente con nuestra mera presencia, nos sentimos necesitados de Dios, escuchamos la Palabra (posiblemente el único lugar donde la escuchamos), recordamos el entrañable momento en que Jesús poco antes de morir se sintió pan, rezamos la oración con la que Jesús nos invitó a sentirnos Hijos, comulgamos con él y salimos al mundo bien alimentados y bien motivados para sembrar humanidad con nuestra forma de vivir; es decir, para ejercer de cristianos…
Hemos insistido a menudo en que estamos perdiendo los cauces de transmisión de la Palabra y la necesidad de recuperarlos, y esto probablemente no sea posible si antes no hemos recuperado la eucaristía. Y ésta es una tarea ardua que exige el empeño y el esfuerzo de todos. Exige sobre todo dos cosas. La primera, básica, una mejor preparación evangélica de los oficiantes que les permita exponer la Palabra con rigor, limpia, poderosa y capaz de fascinar a quienes la escuchan… y si la crisis de vocaciones ha diezmado los recursos de la Iglesia para hacerlo, ahí están las mujeres (la gran luz oculta bajo el celemín) y los laicos; que también son Iglesia. La segunda tarea, ineludible, es retornar al espíritu de las primeras comunidades cristianas, fértiles y contagiosas, potenciando su carácter de asamblea de fieles que se reúnen gozosos para celebrar algo importante… Y me podrán preguntar que cómo se hace todo esto, y mi respuesta será que no lo sé; que es mucho más fácil plantear que resolver.
Lo que no es una opción es dejarla languidecer hasta morir, porque tememos que ello supondría el desarraigo definitivo de Jesús de la vida de la gente.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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