Domingo III de Cuaresma
8 de marzo
Jn 4, 5-26
Al leernos en clave de carencia, solo quedan dos opciones: la resignación fatalista o la búsqueda ansiosa e incesante. La primera nos obliga a instalarnos en un pesimismo que no tiene remedio; la segunda nos impulsa a una carrera que promete saciar nuestra necesidad. A poco andar, ambas se revelan inadecuadas. Su punto de partida -reducirnos a la carencia- era erróneo.
En la medida en que avanzamos en la comprensión de lo que somos, caemos en la cuenta de que ya somos todo lo que anhelamos. Y que la plenitud soñada y deseada no se halla en el futuro ni fuera de nosotros, sino que nos constituye en nuestra identidad profunda.
Ahí cesa la búsqueda. Y el afán estresante por encontrar fuera aquello que debería finalmente saciarnos se traduce en apertura y disponibilidad a la vida que somos y que tiende a expresarse a través de nosotros.
Se produce, entonces, otra paradoja llamativa: justo cuando cesa la búsqueda, la acción se vuelve más limpia, más desapropiada y más eficaz. Porque no nace de la ansiedad de quien sueña con atrapar un resultado, sino que fluye de la misma plenitud que se vierte gratuita, amorosa y descansadamente.
De ese modo, mientras la actividad ansiosa es fuente de estrés y ladrona de la paz, la acción que fluye de la plenitud es serena y constructiva.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
