El Papa Francisco ha muerto. Dejémosle descansar ya junto a la «Buena Madre», esta expresión marista, cargada de ternura, para dirigirse a la Virgen y que, personalmente, tanto me gusta.
No me resisto, sin embargo, a traer a colación una imagen, correspondiente a un gesto, que vi por TV dos veces, si mal no recuerdo, la mañana y la tarde del martes, día 22 de abril. Una imagen que me produjo un escalofrío profundo, cuando adquirí conciencia de lo que estaba viendo.
Los hechos: Francisco acude, el Jueves Santo, a una cárcel de Roma a lavar los pies a doce reclusos jóvenes. Aguantándose, como puede, con un bastón, se acerca a ellos, hasta ponerse de rodillas a sus pies, ayudado por algunos de los que le acompañaban, revestido con un alba blanca y una estola del mismo color.
Hasta aquí un gesto precioso y de humildad sin parangón. Un gesto que a mí, como supongo que a todo el mundo que contempló la escena, me sobrecogió sobremanera, al contemplar a un anciano, gravemente enfermo y que casi no se aguantaba, bajarse hasta el suelo para, a continuación, lavar, secar, y besar los pies de unos jóvenes reclusos.
Hay un momento en que me acerco a la TV, pues tengo la impresión de estar viendo algo insólito. Efectivamente, los ojos, en ese caso, no me estaban engañando. El Papa estaba revestido con un alba blanca y una estola también blanca. No puede ser, me dije. El Papa lleva puesta la estola, no como le correspondería, es decir, colgada del cuello por la parte de delante, por haber recibido el sacramento del orden sacerdotal y, en su caso, la plenitud del episcopado. La estola la lleva cruzada, desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha, más o menos. Tal y como corresponde a los diáconos.
Creo que huelga recordar ahora quiénes y qué misión tienen los diáconos en la Iglesia. Pero no me resisto a refrescarlo brevemente. La misión de los diáconos, desde los orígenes de la Iglesia, fue y es la de servir, especialmente a los pobres.
El significado de la posición de la estola, en el caso del presbítero, obispos en general y obispo de Roma, en este caso, no es otro que el de «potestas» (autoridad), recibida de lo alto, no de ninguna persona concreta, grupo o comunidad.
En el caso del diácono, significa única y exclusivamente el servicio. Todos recordamos cuál es su misión en las celebraciones litúrgicas: servir al altar.
¿Por qué, entonces, está sorpresa profunda y este escalofrío, por mi parte? Porque, desde lo que estaba viendo, no me cupo la menor duda, en ese momento, de que Francisco estaba recordando que él, antes que pontífice con potestad, es, sobre todo y por encima de todo, servidor con y desde la humildad. Con el plus, en este caso, de mostrarse servidor, de manera especial, de los excluidos de la sociedad y de los puestos al margen por ella misma.
Pero hay algo más: este gesto no lo hizo un día cualquiera, que, de haberlo hecho, también me hubiera impactado sobremanera. Este gesto lo realizó el Jueves Santo. Según la Tradición de la Iglesia, el Jueves Santo es el día en que Jesús instituye, además de la Eucaristía, el sacerdocio. Con este gesto, tengo la convicción de no equivocarme, Francisco nos estaba diciendo que el sacerdote y toda la Iglesia, o es servidor y servidora o no tienen sentido. Quiso decirnos que la única y verdadera «potestas» es la que proviene y deriva del servicio a los demás, de manera privilegiada a los más pobres y desfavorecidos.
Si lo pensamos detenidamente, Francisco no necesitaba ponerse la estola cruzada para recordarnos que era diácono. Ya sabemos que, quien ha recibido el orden superior, ha recibido antes el inferior: diaconado, presbiterado, episcopado.
¿Por qué entonces? No sé si preveía o no su final (supongo que por la escasez de fuerzas, algo se debería estar barruntando). Pero yo, después de todo lo visto por parte de él, a lo largo de su servicio a la Iglesia durante doce años (me resisto a denominarlo pontificado), tengo casi la certeza de que, en ese momento y con semejante gesto, no sé si lo pretendía o no, pero nos estaba dejando su testamento final, que no es otro que recordarnos que el único sentido de la Iglesia, comenzando por quienes han recibido el sacramento del Orden, no es otro que el servicio.
No me queda más que decir, pues creo que, ante un gesto tan sublime, sobran todas las palabras.
Juan Zapatero Ballesteros
