
Este pequeño cuento de Eduardo Galeano nos sirve para recordar qué efecto tiene el Espíritu Santo en nosotros. Así, como un fueguito, tenemos la chispa que Jesús nos dejó, a veces con más o menos fuerza, otras de un color u otro… pero siempre dentro de nosotros. Cada vez que ayudamos a alguien, que escuchamos con amor, que cuidamos a las personas que tenemos a nuestro alrededor o denunciamos una injusticia que estamos viendo o viviendo, esa chispa se reaviva e incluso, se contagia a otras personas.
