Fe Adulta

La esencia de Dios

Lc 18, 1-8

«Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos…?

Jesús nos habla frecuentemente de Dios en el evangelio, pero siempre a través de un lenguaje parabólico, analógico, que no trata de definirlo ni abarcarlo, sino de desvelar su relación con nosotros. Por supuesto, Dios no es padre, ni pastor, ni médico, ni sembrador, pero estas imágenes al alcance de todos tienen la virtud de situar nuestra mente en la buena dirección cuando pensamos en Él.

Sabemos de Dios lo que hemos visto en Jesús, es decir, lo que Dios ha querido revelarnos de sí mismo. Y no sabemos nada más. Como dice Juan en su prólogo solemne: «A Dios nadie le ha visto jamás, el hijo Unigénito es quien nos lo ha dado a conocer». O como dice más adelante el mismo Juan por boca de Jesús: «Quien me ha visto a mí ha visto a mi Padre». Y algo similar ocurre con el ser humano; sabemos de nosotros lo que hemos visto en Jesús, y no sabemos más.

Todo lo que necesitamos saber de Dios para vivir con sentido lo hemos visto en Jesús, pero somos gente curiosa y queremos saber lo que no nos han dicho; obtener respuestas por nuestra cuenta obviando a veces lo que Dios nos ha dicho de sí mismo a través de Jesús. Y así, olvidamos su estilo sencillo y poderoso, lo sustituimos por la metafísica y enterramos a Abbá y la buena Noticia bajo un cúmulo de conceptos ampulosos tomados de otras filosofías, que nada tienen que ver con Jesús y que enmascaran su mensaje… A veces vamos incluso más allá y elevamos estas ideas al rango de verdades esenciales para nuestra vida, olvidando que no pasan de ser proposiciones filosóficas sometidas a error.

Inmanuel Kant afirmaba –y justificaba– que cualquier proposición metafísica tiene las mismas probabilidades de ser cierta que su contraria, y esto es algo que nos conviene no olvidar cuando decidimos hacer metafísica. ¿Es Dios transcendente o inmanente? ¿Es el creador del universo? ¿Se preocupa por nuestra suerte?… ¿Es el ser humano parte de Dios? ¿Es una mera criatura compuesta de cuerpo caduco y alma inmortal?… No lo sabemos. Cada uno debe elaborar su propia respuesta, y en este ejercicio forzosamente tendrá que dilucidar si se fía más de Jesús o de su mente.

En su libro “La pregunta por Dios”, Juan Antonio Estrada, sacerdote jesuita, nos deja esta excelente reflexión con la que vamos a finalizar. Dice así: «Es característico de la naturaleza humana plantearse grandes cuestiones filosóficas que escapan a las limitaciones de su conocimiento, y acabar reconociendo que nuestra mente limitada no tiene respuesta para muchos enigmas existenciales que ella misma nos plantea».

Y añade:

«Debemos acostumbrarnos a vivir sabiendo que hay cosas que no conocemos y que hay preguntas a las que no sabemos responder».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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