Fe Adulta

La fe mueve montañas

Lc 17, 5-10

«Si tuvierais fe como un grano de mostaza…»

Hay varias formas de entender a Jesús; muchas de ellas válidas y la mayoría insuficientes. Unos lo conciben como un gran maestro de sabiduría al igual que tantos que ha habido en el mundo, otros, como portador de unos criterios que propician una sociedad más justa e igualitaria, otros, como encarnación de Dios que se hace hombre para abrirnos las puertas de la vida eterna… Otros, finalmente, como el camino a seguir para que el proyecto de Dios, el Reino de Dios, llegue a hacerse realidad: «Yo soy el camino…».

Jesús se sintió enviado por Dios para marcar el rumbo de la humanidad, y a su muerte nos envió a nosotros para completar su obra: «Como Dios me envió, así os envío yo a vosotros»… Los cristianos somos, por tanto, enviados por Jesús con su misma misión, y nuestra seña de identidad por excelencia es el compromiso con la misión; es decir, con esa tarea apasionante y descomunal de avanzar hacia una humanidad de Hijos que buscan su plenitud amándose como hermanos… Resulta muy difícil entender el evangelio si no es desde la misión: «Id por el mundo y proclamad…»… pero es evidente que el compromiso con la misión no está de moda.

 “Proclamar” el evangelio no significa “predicar” (porque predicar no sirve para casi nada), sino vivir de forma «que los hombres vean en vuestras buenas obras el amor del Padre». Nosotros hemos visto el amor del Padre en Jesús, y el mundo sólo creerá si lo ve reflejado en nosotros. Y ésa es nuestra misión y nuestra razón de ser como cristianos: «Vosotros sois la luz del mundo … y no se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín». Esto significa que el sentido de nuestra vida no se limita al aquí y al ahora, sino que tenemos una misión que nos trasciende, que permanece en el tiempo, y es crear humanidad.

En el texto de hoy (y más concretamente en su paralelo en Mateo) se alude a la capacidad de la fe de mover montañas, y lo que en principio parece una ocurrencia sin fundamento, se convierte en uno de los mensajes más relevantes del evangelio si lo miramos desde la misión. Porque nos está diciendo que no seamos tímidos ni timoratos; que, si tenemos fe en Jesús, en la fuerza del Espíritu, seremos capaces de cambiar el mundo para convertirlo en el reino de Dios, es decir, seremos capaces de mover la mayor montaña que alguien haya imaginado jamás. Así lo entendieron las primeras comunidades, y a pesar de las persecuciones y las mil calamidades que tuvieron que vivir, fueron fértiles.

Y así se espera que lo hagamos nosotros… Y ésa es nuestra tarea, mover montañas, pero como no tenemos la fe de aquellos primeros cristianos, estamos perdiendo estrepitosamente la batalla. Derrotados de antemano, hemos renunciado a la misión, hemos bajado los brazos como los malos boxeadores que se sienten impotentes ante su rival, y lo único que esperan es salir con bien del trance. Mientras tanto, Jesús nos dice desde el rincón del cuadrilátero: “No os rindáis, no os resignéis, está a vuestro alcance, y si tenéis fe lo lograréis”.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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