Domingo II de Navidad
4 de enero
Jn 1, 1-18
“En el comienzo era la Palabra, y la Palabra era con Dios y la Palabra era Dios”: con esta proclamación solemne, se inicia el evangelio de Juan. Ahora bien, esta declaración es un eco casi exacto de un verso del Rig Veda: “En el comienzo era Brahman, con quien era la Palabra y la Palabra era realmente el supremo Brahman”. De hecho, la filosofía de la Palabra puede ser rastreada en sus diferentes formas y modificaciones, desde las antiguas Escrituras hindúes, pasando por las enseñanzas de Platón y los estoicos, hasta Filón de Alejandría y el autor del cuarto evangelio.
Palabra, Logos, Brahman… son términos que, más allá del origen geográfico o cultural de cada uno de ellos, apuntan a aquello que trasciende el mundo de las formas u objetos, aquello que, siendo lo único que permanece, es lo realmente real.
Con lo cual, la sabiduría ancestral no está proponiendo una creencia que asumir, sino una pista en la que indagar. ¿Qué es aquello que, en medio del cambio constante, permanece inmutable? ¿Qué es aquello que, en medio de variaciones de todo tipo, permanece siempre idéntico a sí mismo? Eso, solo eso, es lo único realmente real.
El problema surge cuando, llevados por el modo de funcionar de la mente, objetivamos esa realidad y, aun sin ser conscientes de ello, la convertimos en “algo”, en otra forma u objeto más, por más que lo llamemos “Dios” y lo escribamos con mayúscula. Lo realmente real es inobjetivable, carece de forma y no puede nombrarse adecuadamente. Únicamente puede percibirse y experimentarse como ese “más” que nos habita -constituye nuestra identidad última- y anhela vivirse en nosotros. Para percibirlo, necesitamos entrenarnos en silenciar la mente y ponernos a la escucha: ¿qué hay en mí más allá de todo aquello que puedo observar y nombrar?
“En todos nosotros -escribía José Saramago-, hay algo que no tiene [no puede tener] nombre. Eso es lo que somos”.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
