Fe Adulta

La paz incausada

II Domingo de Pascua

12 de abril

Jn 20, 19-31

Para el yo, todo es condicionado. Y su condición tiene siempre un color narcisista: cuando las cosas funcionan como a él le agrada, mientras la vida responde a sus expectativas, parece vivir paz, alegría y gratitud. Sin embargo, cuando se condicionan al criterio del yo, tales actitudes no son genuinas. Por tanto, tampoco se sostienen en sí mismas. Basta cualquier contrariedad, para que se esfumen.

La paz, la alegría y la gratitud son realidades incausadas, no dependen de lo que pueda suceder. Porque no son estados de ánimo —así las ve el yo—, sino estados de ser: son una con lo que es. De hecho, cuando nuestra mente retira las etiquetas y vivimos una rendición profunda a lo que es, siempre aparecen. Por ello, Francisco de Asís venía a decir que la “perfecta alegría” es la “alegría sin porqué”: alegrarse solo cuando las cosas nos son favorables «no es la perfecta alegría».

Esto no niega, sin embargo, que, dependiendo de múltiples factores, nos resulte difícil vivir la alegría —como la paz y la gratitud—: lo que ahí se pone de manifiesto es nuestra identificación con el yo. Aceptarlo es ya el primer paso de desidentificación y, en consecuencia, de apertura a lo incondicionado o plano profundo de lo real.

Del mismo modo, tampoco se niega que, en el nivel de las formas, sintamos un movimiento a procurar la paz, la alegría y la gratitud en las personas, quitando los obstáculos que les dificultan vivirlas.

Porque no se trata de ignorar o de evadir las dificultades reales que las personas experimentan. Mucho menos aún, de justificar situaciones objetivas que socavan la paz, la alegría o la gratitud. Todo ello es acogido. Pero la propuesta invita a ampliar la mirada hasta alcanzar aquel nivel profundo en el que, más allá de las habituales etiquetas y juicios del yo, todo está bien.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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