Jn 10, 1-10
«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas»
Jesús es la puerta de acceso al Padre: «Quien me ha visto a mí ha visto a mi Padre». En un mundo inaccesible a la divinidad, se abrió una puerta, y a través de ella hemos podido ver que Dios nos quiere como las Madres quieren a sus hijos; que se siembra como la semilla; que es Palabra constantemente derramada; que es Viento poderoso que nos empuja y nos alienta en nuestro caminar por la vida. Hemos podido ver que Dios no es el que nos juzga por nuestros pecados, sino nuestro aliado contra el mal; el que nos presta su luz para que no tropecemos y su fuerza para que nos liberemos de las cadenas doradas con que nos atan las pasiones.
Es también la puerta por la que podemos acceder al conocimiento de nosotros mismos. Gracias a ella hemos conocido que somos Hijos de ese Padre; que hemos sido invitados a ser dignos hijos suyos y a no conformarnos con menos. Y si somos hijos, también somos hermanos que se quieren, se ayudan y se perdonan. Dios no necesita nada de nosotros, pero tiene hijos que sí nos necesitan. Y así, a través de esa puerta hemos podido conocer el proyecto que Dios tiene para la humanidad y el sentido de nuestra vida.
En definitiva, Jesús es la puerta de acceso al Reino, pero saberlo no nos sirve de nada si no entramos. Porque las puertas son para entrar. Es muy característico de nuestra religiosidad quedarnos contentos y satisfechos con “saber”; creer que somos algo por estar bien informados. Pero no basta; Jesús nos invita a entrar en el Reino, y eso supone cambiar de criterios y valores, responder a esa invitación y ponerse el mono de trabajo para afrontar la misión que como cristianos tenemos encomendada.
Jesús es la puerta, pero desde muy antiguo los cristianos hemos estado tratando de abrir otras puertas de acceso a Dios. Entre ellas (que son muchas) cabe destacar la reflexión metafísica, que trata de conocer la esencia de Dios y del ser humano por medio de la razón. Y probablemente eso esté muy bien, pero se corre el riesgo de perderse en intelectualismos estériles que no nos ayudan a vivir ni a conocer el sentido de nuestra vida. Se corre el riego de desdeñar la Sabiduría de Dios ofrecida en Jesús a los seres humanos, y quedarse con nuestra propia sabiduría. Se corre el riesgo de olvidar a Abbá y perderse la buena Noticia.
En cualquier caso, el criterio para discernir si una puerta me abre a un camino que merece la pena recorrer, es siempre el fruto: «Por sus frutos les conoceréis» … «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala»…
Si elijo una puerta y veo que voy creciendo en perdón, en compasión y servicio, pues es que voy por buen camino… Si no, pues estoy «cansando la tierra».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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