Fe Adulta

La radicalidad solo puede nacer de la comprensión

Domingo VI del Tiempo Ordinario

15 de febrero

Mt 5, 17-37

Como supo ver el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, «lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado». Sabiduría es sinónimo de radicalidad, del mismo modo que lo es de profundidad. Porque la radicalidad no tiene que ver con posturas extremas, rígidas o sobreexigentes, como a veces parece entenderse ese término en el lenguaje coloquial. Es radical quien se vive desde las raíces y desde ahí nace su mirada, su sentimiento y su acción; dicho con otras palabras, es radical quien se comprende a sí mismo en profundidad.

Muchas veces nos dejamos estar en la mera superficie y, por tanto, en la apariencia de las cosas. No es extraño, en tal caso, que nuestra existencia esté marcada por una sensación de vacío o incluso de sinsentido. Desconectados de las raíces -de nuestro propio fondo- apenas podemos sobrevivir o malvivir en una cotidianeidad plana, a merced de lo que ocurre.

Puede que, en ese nivel de la apariencia, nos esforcemos por vivir de acuerdo a un determinado código o creencia, que hemos asumido como norma de convivencia o incluso como paradigma de comportamiento ético. Pero si no nace de la raíz -de la comprensión experiencial de lo que somos-, no pasará de ser un conjunto de normas vacías de vida.

Las personas sabias -como Jesús, en el texto que hoy comentamos- trascienden todo tipo de códigos e invitan a ir a la raíz, sabedoras de que, únicamente a partir de la comprensión de lo que somos, podrá fluir, en medio de cualquier circunstancia, la vida.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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