En general no es más creíble quien más grita y vocifera, sino quien hace de la acción y del compromiso su mejor y única seña de identidad. Y esto que, para la gente sencilla de la vida cotidiana, se ha convertido ya en algo más que evidente por aquello de que «obras son amores», también lo es, y cada vez más, en el plano religioso y/o de la fe. A pesar, todo hay que decirlo, de que muchos se esfuercen por hacer de la alabanza (aunque, quizás, habría que hablar muchas veces de autocomplacencia y de ensimismamiento, para ser más exactos) su mejor signo identitario.
Digo esto a raíz del encuentro multitudinario (85000 personas o más) reunidas en Cibeles el sábado, 11 de abril, para celebrar por cuarto año consecutivo «la alegría de la Pascua y la Resurrección de Cristo con música y alabanzas». Vaya por delante que no voy a juzgar, porque no puedo ni debo hacerlo, la intención ni la dimensión espiritual de ninguno de los participantes allí reunidos. ¡Sólo faltaba! Aunque, sobre la convocatoria y quienes la hacen, sí que tenga mis sospechas y me provoquen ciertas reticencias.
¿Por qué digo todo esto? Porque, desde la experiencia de las mujeres, narrada en los Evangelios, la resurrección de Jesús no puede reducirse a un acontecimiento piadoso que se contempla desde la distancia ni a un dogma que se repite sin consecuencias. Si se vacía de su fuerza transformadora, corre el riesgo de convertirse en una celebración estéril, en una especie de refugio espiritual que consuela, pero no interpela. Sin embargo, el núcleo de la experiencia pascual apunta precisamente en la dirección contraria: es una llamada urgente a la acción, a la transformación concreta de las realidades injustas e inhumanas que atraviesan nuestra sociedad.
El relato evangélico sitúa en boca de Jesús resucitado una consigna decisiva dirigida a las mujeres: “Id y decid a los míos que vayan a Galilea; allí me verán”. No es un detalle menor. Galilea como contraposición a Jerusalén, centro religioso por excelencia, donde el cumplimiento de la religión no acostumbraba a ir acompañado precisamente de bondad, de compasión y de acciones de misericordia. Era Galilea, por el contrario, lugar de periferia, territorio mestizo, menos puro desde el punto de vista religioso, pero más abierto a la vida real de la gente, a sus fracasos, luchas y esperanzas.
Que Jesús remita a Galilea significa, en el fondo, que la experiencia del Resucitado no se encuentra en el encierro de lo meramente religioso, con todas las derivaciones en que este puede llegar a manifestarse, tales como acciones de mística (o pseudomística y pseudoalabanza), sino en el compromiso con la vida de lo que más duele y de quienes más sufren. Es allí, en el espacio donde se mezclan la fe y la historia, donde se reconoce su presencia.
Porque no es el templo ni el espacio, convertido en religioso por unos momentos, lo que garantiza el encuentro con el Resucitado, sino la fidelidad a su proyecto de vida.
Por eso, la resurrección no puede ser únicamente objeto de contemplación. Si Cristo vive, entonces su vida debe transparentarse en quienes se dicen sus seguidores. Y eso implica tomar partido frente a las situaciones que deshumanizan: la pobreza que margina, la desigualdad que rompe la dignidad, la violencia que destruye vidas, la indiferencia que anestesia conciencias. Creer en la resurrección y alabar al Resucitado debería manifestarse en la apuesta por la vida allí donde parece derrotada.
La fe pascual, vivida en clave de Galilea, empuja a salir de espacios cómodos, seguros y de bienestar sentimental para entrar en contacto con las heridas del mundo próximo y lejano. Lo cual no quiere decir que haya que abandonar la dimensión espiritual, sino evitar que esta se convierta en evasión. La verdadera espiritualidad cristiana es encarnada: se traduce en gestos, en decisiones, en estructuras más justas. Es una fe que incomoda porque no permite permanecer neutral ante el sufrimiento ajeno.
En este sentido, la resurrección es profundamente subversiva. Afirma que la muerte, en todas sus formas, no tiene la última palabra. Y si no la tiene, entonces toda realidad de muerte puede y debe ser cuestionada. El cristiano no está llamado a resignarse, sino a resistir y a transformar. La esperanza pascual no es ingenua ni pasiva; es activa, crítica, comprometida.
Volver a Galilea hoy no debe significar juntarse para cantar y elevar oraciones de alabanza, sino para volver a los lugares donde la vida clama: los márgenes sociales, los espacios de exclusión, las periferias existenciales. Allí, en medio de la fragilidad y la lucha, es donde se hace visible el Resucitado. No en la acumulación de ritos, vacíos muchas veces, sino en la práctica del amor que libera.
Así entendida, la resurrección deja de ser un recuerdo del pasado para convertirse en una tarea presente, que no necesitará tanto de alabanza como de compromiso. No se trata solo de creer que Jesús vive, sino de hacer visible su vida en el mundo. Y eso solo es posible cuando la fe se convierte en compromiso real con la justicia, la dignidad y la esperanza de todos.
Para finalizar, una humilde sugerencia: a lo mejor en vez de reunirse un solo día en Cibeles para cantar y alabar la Resurrección, habría que acercarse a la Cañada Real (y a tantas otras «cañadas» sin nombre, pero igualmente duras) todos los días para comprometerse con la erradicación de tantas estructuras que matan y producen muerte.
Juan Zapatero Ballesteros
