El distintivo de los cristianos no es la Santa Cruz, prodigada en las casas, las escuelas, las plazas… La señal del cristiano es el amor fraterno. Y el amor es discreto, humilde, conocedor de su insuficiencia, no es jactancioso, no se derrama en palabras, no alardea, prefiere el silencio, pasar desapercibido, prefiere las obras a las palabras. Jesús es sabio: Jesús no quiere templos para manifestar esplendorosas adoraciones, ni sacerdotes para oficiar ritos iniciáticos, ni oraciones exteriores ostentosas, ni limosnas cara a la galería.
Jesús quiere la conversión del corazón a Dios, y esta conversión empieza por el conocimiento de Dios. Dios no es la encarnación de los poderes ocultos de la naturaleza, ni la explicación del Universo, ni el Amo-Juez justiciero. Dios es un enamorado, Dios es mamá, Dios es el Libertador, Dios es el Médico. Dios es el Creador-engendrador que sigue engendrando hijos y cuidando de ellos.
La primera conversión es convertirse a ese Dios, abandonando todos los demás, que son ídolos; convertirse es entrar en la Familia, más allá de toda ley, sentirse querido por Él, dejarse querer, instalarse en el mundo del amor y sentir íntimamente, inevitablemente, la necesidad de dar a los demás lo que tan pródigamente hemos recibido.
«En esto conocerán que sois mis discípulos» es una advertencia sobre la eficacia de nuestro apostolado. No vamos a convertir a nadie convenciéndole sino causándole admiración. No vamos a extender el reino con las armas, ni con la propaganda ni con marketing alguno; lo vamos a extender por contagio, porque el Amor es contagioso, indiscutible.
El Espíritu de Jesús es el que nos hace gritar a pleno pulmón «Abbá, Padre», el que nos hace conscientes de ser hijos, el que nos hace sentirnos hermanos, el que nos convierte a vivir en el amor fraternal, el que nos convierte en constructores del Reino. En eso se nota el más auténtico amor, la señal de los cristianos.
