Domingo 12 de julio 2026
(Mateo 13, 1-23)
El evangelio de este domingo remite a dos realidades donde hoy se juega la inteligibilidad de la fe y el futuro del cristianismo: el lenguaje y la sensibilidad.
Somos muchas las comunidades cristianas que no dejamos de hacernos preguntas sobre el gran desafío que supone hoy la transmisión de la fe y la necesidad de incorporar nuevos lenguajes que nos permitan interlocutar y empatizar con nuestros contemporáneos y contemporáneas y sus diversos contextos. El lenguaje nunca es neutro y necesita contextualizarse para ser universal.
Jesús es consciente de ello, por eso habla en parábolas. Jesús no usa conceptos ni menos aun dogmas con los que pretende definir a Dios, sino que remite a lo concreto, usando un lenguaje sugerente y poético que ayuda a descubrir nuevas significaciones y hondura a la realidad más cotidiana. Al hacerlo rompe los límites que separan lo sagrado de lo profano, lo material de lo espiritual, porque toda la realidad es ámbito de la revelación de Dios. Para Jesús Dios y su proyecto no es una teoría o un principio del que se habla, sino una experiencia que trasmite en palabras y en hechos y que le movilizan permanentemente hacia la fraternidad. Su comunicación es palabra encarnada y pedagógica con vocación de universalidad. Por todo ello el vocabulario, las imágenes, los símbolos que utiliza son inclusivos, tomados muchas veces de la naturaleza o de experiencias humanas fundamentales.
Como iglesia necesitamos revisar y modificar nuestros lenguajes y repensar símbolos, liturgias, etc, que han dejado de significar su sentido originario. La fidelidad al evangelio y a la iglesia pasa en muchas ocasiones no por mantener sino por cambiar. La fidelidad al mensaje de Jesús no se identifica con el “siempre ha sido así”, sino también con la creatividad y la innovación.
El segundo tema al que remite el evangelio de este domingo es la sensibilidad. La realidad, antes de ser pensada o reflexionada es “captada” por los sentidos. Por eso hemos de educarla para que no se haga “callo”, no se endurezca. Necesitamos afinar la sensibilidad para que se “acostumbre” a captar lo invisible, lo débil, lo pequeño, la vida y los gestos que no salen en los grandes medios de comunicación, sino que habitan el reverso de la historia donde la vida, también existe, subsiste, resiste y señala su misterio.
La parábola del sembrador nos recuerda también este domingo que las semillas del verbo habitan el corazón humano, que Dios se parece a una sembradora que quiere que toda la humanidad sea tierra fecunda y dé buenos frutos, pero también que nada será posible sino comprometemos nuestra libertad y nuestra responsabilidad en ello. La sembradora hace su parte ¿y nosotras? ¿Qué condiciones necesitamos cuidar parea ello? ¿Cómo podemos ayudarnos para que así sea?
Pepa Torres Pèrez
