Mt 13, 24-43
«El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza…»
Jesús hablaba en parábolas porque el lenguaje parabólico permite decir lo más profundo que se puede decir de Dios y del ser humano; aquello que no se puede expresar sino mediante este lenguaje. Intenta con ellas presentar lo “divino” en lenguaje humano, facilitar a los oyentes esa otra dimensión de la realidad que no se ve y que no puede enunciarse directamente en lenguaje conceptual.
El resultado es que a través de las parábolas Jesús hace la mejor teología de la historia; una teología que no está reservada a los sabios e iniciados, sino al alcance de todos; principalmente de los humildes. Con mucha frecuencia, los sabios complicamos su sencillez extrema, emborronamos el mensaje y no nos enteramos de nada.
Refiriéndonos ya a las parábolas vegetales, no me dejan de sorprender esas fotos que muestran templos construidos con enormes sillares de roca, y ahora engullidos por la selva y destruidos piedra a piedra por la fuerza avasalladora de ramas y raíces. Es increíble que algo tan aparentemente blando e inofensivo nacido de una semilla frágil e insignificante, acabe imponiéndose con el paso del tiempo a lo que en principio había nacido para ser indestructible.
Jesús creía en el poder incontenible de la semilla y plasmó su criterio en ese conjunto de parábolas singulares a las que llamamos “parábolas vegetales”. Cada una de ellas tiene su propio mensaje, pero de su conjunto podemos sacar dos conclusiones comunes: la primera y más importante es que el Reino no crece por la fuerza del dinero o la imposición del poder, sino que se siembra y crece por la fuerza interior de la Palabra.
La segunda es de orden práctico: la convivencia en paz y justicia nunca se va a lograr si se basa en el poder coercitivo del estado, que dicta leyes y amenaza con castigos. Porque la convivencia no puede imponerse, sino que debe sembrarse en forma de perdón, compasión y servicio. Y no decimos que podamos prescindir de las leyes, pero sólo si cambiamos el corazón podremos alcanzar una convivencia plena.
Refiriéndonos ya a las dos parábolas del texto de hoy, la mostaza es un arbusto peligroso que invade los campos en los que cae. Es muy probable que con ella Jesús estuviese mostrando su confianza en que los criterios del Reino iban a acabar por imponerse a las viejas estructuras religiosas de Israel, y no es casual que lo haga delante de escribas y fariseos, que sin duda estaban allí y sin duda acusaron el golpe.
La otra parábola –la cizaña– se presta a ser mal interpretada, y de hecho se suele interpretar muy mal: “En el mundo hay buenos y malos que viven mezclados los unos con los otros, pero, al final, Dios los separará y condenará a los malos al fuego”. Una interpretación muy desafortunada y alejada de la realidad. El bien y el mal son fuerzas contrapuestas que luchan tenazmente en nuestro interior, y en esa lucha, unas veces vence una y otras, la otra. Nadie está libre del mal, o como decía Ruiz de Galarreta: «No hay justos y pecadores, sino solo pecadores amados por Dios».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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