Fe Adulta

León xiv entra en madrid por la puerta de los últimos

Crónica de los primeros días de la visita papal

Quiso el cardenal José Cobo que la primera imagen de León XIV en Madrid no fuera una alfombra roja, sino una puerta estrecha. La entrada estaba marcada en la agenda con una intención muy meditada: tenía que ser por el sur, y tenía que ser con los pobres. Por eso el Papa cruzó el umbral del CEDIA 24 horas, en el barrio de Lucero, ese centro que desde hace medio siglo demuestra, entre Carabanchel, Latina y Aluche, “el corazón de una ciudad viva, diversa y compleja”.

“Bienvenido, Santo Padre. Bienvenido a Madrid desde esta puerta —una entre tantas— que, como Belén, abre camino al Evangelio”, saludó el arzobispo. Y en pocos minutos su discurso de bienvenida se convirtió, casi sin pretenderlo, en un programa para la Iglesia española, condensado en cuatro palabras: vivienda, trabajo digno, compañía y esperanza. “El Evangelio se comprende mejor cuando la realidad se mira desde los últimos”, recalcó Cobo, que conoce bien estas calles: aquí se crió y aquí se hizo cura. No es casualidad que la Iglesia haya querido recibir al Papa precisamente donde se le ve más creíble: en la periferia, con los pies firmes en el barro.

Después tomaron la palabra los protagonistas reales. Niurka, abogada cubana de 33 años, llegó embarazada y sola y encontró una familia en el Hogar Santa Bárbara; le entregó al Papa un lazo con los nombres de sus hijos, Ares y Atenea, nacidos y bautizados aquí. Khadry, llegado de Senegal en plena pandemia de 2020, le tendió una réplica de su tarjeta de residencia, “mucho tiempo de espera y de esfuerzo, pero también una vida que vuelve a ponerse en pie”. Alicia, voluntaria del Proyecto Esperanza de las Adoratrices, le ofreció unas sandalias evocando a Moisés ante la zarza: “Descálzate, porque el suelo que pisas es tierra sagrada”. Detrás de cada uno de esos testimonios late la misma certeza que recorre estos días la geografía de la visita: que detrás de cada migrante, de cada descartado, hay un hijo de Dios.

Las voces de Niña Pastori y Migueli pusieron el pórtico musical —“en cada sueño te busqué, y ninguno fue en balde”— antes de que el pontífice respondiera a los desafíos lanzados por Cobo. Lo hizo hablando de “milagros de amor” y sintiéndose, dijo, “un madrileño más”: “Gracias, Madrid, por esta bienvenida, que me hace sentir parte de una gran y maravillosa familia… en esta casa, donde nadie se queda solo”.

El mensaje central llegó con tono de urgencia evangélica. León XIV comparó el CEDIA con un belén encendido todo el año y advirtió que los campos maduros esperan la cosecha: “La caridad no admite demoras”. Si el trigo no se recoge a tiempo, “la cosecha se pierde, y esta es nuestra responsabilidad ante quienes están necesitados”. Cada encuentro con el otro, dijo, es un kairós, un momento de gracia único e irrepetible.

Hubo también una advertencia que sonó a brújula para una sociedad dividida en bloques. Recordando a Francisco, el Papa lamentó que también los cristianos se dejen “contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones”. Y reivindicó lo esencial: “No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia”. La imagen con que cerró fue casi médica: “Un corazón vivo es cálido y palpitante, y da vida. Un corazón frío está inmóvil, ya no bombea sangre, y provoca la muerte de la persona”.

Antes de marcharse, León XIV firmó el libro de honor del centro —“Dejaos interpelar por la mirada de quienes necesiten vuestra ayuda”— y recibió un último regalo: el árbol de la esperanza. Empieza así, por la puerta pequeña, una semana que no debería medirse por plazas o estadios llenos. Este Papa tratará de sembrar aliento en una sociedad herida, recordando a creyentes y escépticos que lo que nos salva o nos condena es cómo tratamos al ser humano que tenemos delante.

Comparte FeAdulta Facebook