Fe Adulta

¿Misión imposible?

Mt 5, 1-12

«Bienaventurados seréis cuando os insulten y os persigan…»

Jesús cree en Abbá, y cree también que Abbá sueña con una humanidad de Hijos capaces de realizarse amándose como hermanos. Y se siente enviado por Dios para realizar su sueño. Y en su tarea, nos exhorta a conformarnos con poco, a compartir lo que tenemos con los que no tienen, a aprender a sufrir, a decir siempre la verdad, a no ser violentos, a trabajar para que prevalezca la paz y la justicia, a no aprovecharse de nadie… y a no preocuparnos si nos insultan y nos persiguen por ello…

Lo matan para que su fuego no calcine las estructuras de Israel y a sus dirigentes con ellas, y a su muerte, nos encarga a nosotros completar su obra; no desde el poder, sino desde abajo, desde dentro, como la semilla, como la levadura. Y nos pone en un gran aprieto porque no creemos, ni remotamente, que los criterios de aquel carpintero que murió crucificado hace veinte siglos puedan prevalecer frente a los criterios del mundo; un mundo que cuenta con un poder descomunal para fomentar los suyos; mucho más atractivos en apariencia, y diametralmente opuestos a los de Jesús.

Pero nos equivocamos, y verán por qué.

Pedro y Pablo reciben martirio en Roma sobre el año 67 y sus comunidades se enfrentan al reto de continuar su obra. Y a pesar de su irrelevancia social y política, y a pesar de las atroces persecuciones que se desatan contra ellos, el cristianismo se va introduciendo en la sociedad romana y se va convirtiendo en la primera fuerza espiritual del Imperio. Todo ello antes de Constantino. ¿Pero cuáles son las causas de esta rápida expansión?

Ante todo porque el modo de vida que ofrecen, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y de vivir de la sociedad grecorromana, y las ideas evangélicas van influyendo cada vez más incluso fuera de los círculos cristianos. La consecuencia es que la sociedad romana se va haciendo más compasiva y solidaria, se crean hospitales, se atiende a los necesitados y llega un momento en el que las actitudes cristianas se consideran lo «correcto», en detrimento de las costumbres paganas…

La situación que hoy estamos viviendo es muy similar a la de Roma: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores efectivos de Jesús viviendo en su seno. Eso sí, existe una gran diferencia, y es que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente fruto de una cultura opuesta a la suya, aquellos cristianos no se arredran ni se dejan absorber por la cultura mayoritaria, y son sal y son luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura imperante, que salvo excepciones nuestra forma de vivir no difiere en casi nada del resto.

Es frecuente escuchar a los que se consideran vanguardia lamentarse porque la Iglesia no es capaz de seguir el ritmo al que avanza el mundo, y esto, mirado desde Jesús, es un disparate monumental, porque los cristianos estamos llamados a ser la vanguardia que marca el rumbo. Así ocurrió con las primeras comunidades; así puede volver a ocurrir si nos sacudimos la pereza y nos despojamos de los complejos y los prejuicios que nos atenazan.

Jesús fue vanguardia radical, produjo gran escándalo, y lo mataron. Los primeros cristianos también fueron vanguardia, y fueron perseguidos y asesinados; como su maestro. Nosotros debemos elegir entre ir a cola del pelotón cómodamente instalados, o ser vanguardia y ser perseguidos y denostados, porque nuestra sociedad no admite discrepantes.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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