Fe Adulta

Reflexiones desde la oscuridad

Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

La vida acaba en un túnel que nos conduce a la muerte/Vida. A veces, la enfermedad o un accidente, nos colocan en la entrada de ese túnel. No vemos nada. Quienes han dado algún paso hacia su interior, y han vuelto, nos hablan de una sensación de bienestar, de un resplandor, del deseo de avanzar por el túnel, en lugar de retroceder… Son las experiencias cercanas a la muerte (ECM)

Hay otras experiencias que nos llevan a hacernos preguntas muy importantes y necesarias. Por ejemplo: ¿qué preguntas nos hacemos, en la puerta de una UCI, o en un hospital, cuando nos avisan de que una persona muy querida ya no tiene curación y fallecerá pronto?

¿Y qué preguntas nos hacemos cuando ciertas enfermedades, o la edad avanzada, nos hacen caer en la cuenta de que la muerte ya viene a nuestro encuentro? En esos momentos ¿nos sostienen las palabras: “Todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”?

Hemos oído cientos de veces esta frase, pero ¿es un antídoto contra el miedo, cuando realmente la muerte está cerca? ¿En qué creemos, respecto a la muerte y a la Vida? ¿En qué tiempos y espacios recogemos la sabiduría que nos ofrece la “hermana muerte”, nuestra compañera de camino?

El evangelio de hoy nos invita también a ampliar la mirada sobre la Iglesia y la sociedad.

La muerte está segando la vida de miles de personas. ¿Por qué? porque otras personas están cegadas y enloquecidas por el deseo insaciable de poseer territorios, petróleo, criptomonedas, tierras raras, dinero, armas y poder, mucho poder.

Se está destruyendo la vida en todas sus formas y dimensiones: biológica, emocional, cultural, económica, ecológica, política, espiritual, interreligiosa, etc. Todas ellas de un valor incalculable.

Y, al mismo tiempo, se hiere de muerte la fe viva, porque el clericalismo sigue, como Lázaro, envuelto en un sudario; vive en un sepulcro, en una zona de confort y de poder, del que no quiere salir, aunque ya hace mucho tiempo que “huele a muerto”.

Fuera del sepulcro, multitud de personas sigue buscando la Vida, hasta el punto de caer en manos de sectas destructivas. Pero los intentos de mover la losa del sepulcro (por ejemplo, a través de la sinodalidad) son inútiles, porque esa piedra está muy bien sujeta desde dentro.

Ojalá el evangelio de hoy nos invite a cada uno y a cada una, y a la Iglesia como institución a “salir” de nuestros sepulcros, quitarnos las vendas que nos paralizan y dar pasos eficaces de sororidad y fraternidad, para seguir construyendo una sociedad en paz, plural y justa.

Nadie veremos a ninguna persona que haya muerto hace cuatro días volver a la vida. Ojalá veamos que otras formas de muerte van siendo vencidas por la vida. Y ojalá sigamos contribuyendo a hacerlo realidad cada día.

 

Marifé Ramos González

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