Fe Adulta

Sabiduría de los sencillos

Mt 2, 13-15. 19-23

Hoy la liturgia nos propone un texto de Mateo sobre la huida a Egipto, pero nos parece más interesante dedicar el comentario de la semana a un aspecto concreto de la Navidad que acabamos de celebrar. Los pastores.

Para los ricos, los poderosos, los sagrados, los sabios y los santos, aquella noche fue una noche más; no se enteraron de nada de lo que había ocurrido en Belén. Sólo aquellos pastores analfabetos y marginados recibieron la buena Noticia: «En la ciudad de Belén os ha nacido un salvador».

No es casual la constante alusión del evangelio a los sencillos como destinatarios de la Palabra, y esta reiteración nos recuerda, una vez más, aquella invocación de Jesús que nunca terminamos de tomarla en serio porque es una malísima noticia para nosotros: «Te doy gracias Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a la gente sencilla»

Nosotros somos gente muy sabia. Sabemos mucho más del evangelio que lo que nadie ha sabido en ninguna otra época de la historia. Somos capaces de conocer de manera fidedigna la fe de las primeras comunidades y, a través de los Testigos, el mensaje genuino de Jesús. Pero eso no es todo, sino que además sabemos filosofía clásica y filosofía oriental, y nos encanta elaborar teorías aristotélicas relativas a la esencia de Dios y del ser humano, y darles el rango de verdades incuestionables.

Somos tan sabios, que corremos el riesgo de desdeñar la fe de los cristianos de las primeras comunidades; mucho más centrada en transmitir la buena Noticia que en hacer teología docta. Corremos el riesgo de elaborar una fe a nuestra medida; mucho más erudita, mucho más propia de gente iniciada y mucho menos interpelante, menos fértil, menos contagiosa; una fe a la medida de los sabios e inasequible a la gente sencilla. Corremos el riesgo de supeditar la Palabra a la gnosis; de aceptarla sólo en la medida en que nos parezca razonable; en la medida en que sea acorde a nuestra cultura y ajustada a nuestra mentalidad cientifista e ilustrada.

Corremos el riesgo de olvidar que el cristiano no es el que escucha la Palabra, sino el que la escucha y responde a ella. Que lo que da sentido a nuestra vida no es el conocimiento, sino la respuesta; y que sin respuesta acabaremos siendo muy sabios, pero nos perderemos la buena Noticia. Que para un cristiano responder es aceptar la misión de crear humanidad; es decir, la misión de colaborar en el proyecto de Dios: «Id por el mundo y proclamad el evangelio a todas las gentes».

Corremos el riesgo de no sentirnos concernidos; de sustituir la compasión por la elucubración estéril y el servicio por la crítica (a los demás, claro). Corremos el riesgo de no acercarnos al evangelio desde la fe, sino desde la razón y la prepotencia. En definitiva, corremos el riesgo de preferir nuestra sabiduría a la sabiduría de Dios reflejada en Jesús y asumida por los sencillos.

«Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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