Juan 3, 16-18
Si hoy pudiera decir la homilía en una iglesia, por pequeña que fuera, repetiría una y otra vez: “Dios no envió a su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”
Lo diría con voz potente, convencida de la importancia del mensaje. Y dejaría un tiempo de silencio, para que estas palabras calaran como una lluvia fina y deshicieran el barro mental en el que acumulamos miedos y saberes sobre la condenación.
Durante mucho tiempo se ha predicado la salvación como si fuera una puerta estrecha, tan estrecha que ha generado angustia en generaciones. Con el agravante de que, al mismo tiempo, nos han “vendido” multitud de llaves para abrir esa puerta: determinados rezos, ritos, peregrinaciones, confesiones, limosnas, indulgencias, pertenencia a ciertos grupos eclesiales…
Salvación y condenación se han enredado en la teología, y en nuestra vida diaria, como dos viejas madejas de lana y es necesario separar una de otra. Es necesario clarificar algunas cosas.
En primer lugar, que hemos perdido la perspectiva fundamental: ¡Somos hijos e hijas de Dios, amad@s y salvad@s gratuitamente!
En consecuencia, podemos preguntarnos: ¿a qué llamamos salvación? ¿Qué salvación esperamos? ¿Qué medios tenemos a nuestro alcance? ¿Creemos que, si cumplimos o vivimos ciertas propuestas, nos salvaremos? ¿Quiénes nos inculcaron esas creencias? ¿Chocan con el sentido común? ¿Somos personas tan maduras y equilibradas que podemos jugarnos la salvación con nuestras decisiones?
Miremos a nuestro alrededor: ¿qué creencias tiene la gente que nos rodea sobre la “compra de la salvación”? ¿Por qué tienen tanto éxito algunos movimientos que, en el seno de la Iglesia Católica, ofrecen esa salvación, a cambio de entregar la propia conciencia, para que te la dirijan y controlen? ¿Por qué la oferta gratuita de la salvación se ha contaminado con un estilo que no es propio de la pastoral sino de los negocios?
En segundo lugar, no podemos olvidar la relación que hay entre sanación y salvación. Hemos olvidado la importancia de la sanación y la hemos sustituido por la curación, que muchas veces consiste en que no notar unos síntomas, gracias a la medicación. La sanación nos libera, nos restaura; es un camino de salvación porque “ensancha el espacio de nuestra tienda”, es decir, nuestro espacio vital. La sanación/ salvación nos va mostrando el camino, aun cuando llevamos tiempo enredad@s en cañadas oscuras.
Y, en la medida que vamos tomando conciencia del regalo de ser amad@s gratuitamente, vamos descubriendo que es la piedra angular que nos sostiene, personalmente y en comunidad. O, dicho de otro modo, la experiencia de filiación y de gratuidad nos salvan.
En primer lugar, porque la filiación es la raíz de la fraternidad (y de la sororidad, evidentemente). Y la falta de fraternidad nos lleva a todo tipo de violencia y enfrentamientos. Nos “condenamos” por negarnos a vivir como herman@s y tratarnos como depredadores, como fieras salvajes.
Y, en segundo lugar, la gratuidad nos libra del fariseísmo. Ya no hace falta acumular méritos, medirnos ni compararnos. Somos precios@s y valios@s a los ojos de Dios. Se trata de conectar con ese manantial y compartir ese regalo, en forma de compromiso, sobre todo hacia las personas más débiles. Nos “condenamos” cuando alimentamos nuestro ego a base de pisotones, humillaciones, marginación, etc.
Pero, no podré decir nada de esto en ninguna homilía, porque soy mujer. La palabra que nace de la Palabra ¿se contamina en la boca de las mujeres?
Sueño con que, en algún lugar remoto, en alguna iglesia pequeñita, el celebrante explique hoy este texto del evangelio con fuerza y pasión, proclamando la BUENA NOTICIA DE LA SALVACIÓN, como si le fuera la vida en ello. Y la gente pueda salir de la Eucaristía con el corazón esponjado, porque les han recordado que están gratuitamente salvados.
Dios nos ha enviado a su Hijo para que lo recordemos y experimentemos.
Marifé Ramos
