2 de agosto de 2026
A veces ocurre que, al leer un texto del evangelio, nos vienen sugerencias que ya hemos oído muchas veces. No importa: la repetición es pedagógica y así penetran más adentro los valores del evangelio.
Es que resulta que nos sabemos de memoria el relato de la multiplicación de los panes con su tesis de que compartiendo llega para todos, no siendo obstáculo la pobreza. Repitámoslo, creámoslo.
Pero hoy queremos poner el acento en la coletilla con la que acaba el texto. Dice que comieron cinco mil hombres SIN CONTAR MUJERES Y NIÑOS, como si las mujeres y los niños no comieran.
Muchas teólogas han dicho que hasta aquí hemos llegado y que las mujeres, los niños y cualquier persona hacen parte de la comunidad cristiana en plano de igualdad. No les falta razón. La mujer y otros colectivos sociales, lo hemos dicho por activa y por pasiva, no encuentran en la Iglesia el lugar que les corresponde. Se avanza lentamente y rigen todavía todos los atavismos de siempre, aunque se disimule.
Es preciso abandonar tanto estudio, tanta teología y tanta espiritualidad interesada y abrir, de un vez por todas, las puertas de la comunidad a toda persona, singularmente a quien ha sufrido más exclusión. Pensémoslo: ¿perdería una comunidad cristiana dirigida por una mujer? ¿Sería menos rica una comunidad orientada por un consejo de laicos? ¿No le vendría bien a la jerarquía compartir su función con otros? ¿No sería hermoso que la comunidad diocesana eligiera su obispo o su obispa?
No son meras ocurrencias. Es dar salida a la igualdad y fraternidad en la que debe estar asentada la Iglesia de Jesús. Es verano: cultivemos la igualdad. Todos saldremos beneficiados.
