Fe Adulta

¿Tener vida o ser vida?

IV Domingo de Pascua

26 de abril

Jn 10, 1-10

Desde una consciencia de separatividad —o dual—, la vida se piensa como “algo” que se tiene, creencia que alimenta la idea de que alguien podría hallarse separado de la vida y que tendría que recibirla desde “fuera”.

Superada esa consciencia errónea, se comprende, no solo que estamos en todo momento indisociablemente unidos a la vida —por más que podamos vivir sin ser conscientes de ello—, sino que, en nuestra verdadera identidad, somos vida.

No somos un yo (personaje) que tiene vida; somos la misma y única vida, desplegada en la forma de este yo. Todo lo que es, es, repetía, hace dos mil quinientos años, el sabio Parménides. Todo lo que es —podríamos añadir igualmente—, es vida.

Lo único que necesitamos es caer en la cuenta de ello y vivirnos en esa consciencia. Para ello, necesitaremos ir reeducando la inercia que, tras tantos años, tiende a identificarnos con el yo y nos hace vivir como si en él radicara nuestra identidad. Cuando dejas de identificarte con el yo y reconoces que eres vida, se produce un cambio decisivo: dejas de querer controlar la vida y empiezas a dejarte fluir con ella.

La vida —lo que somos— es un proceso inteligente y autodirigido, sabio y benéfico. La vida sabe. Y en nosotros —porque somos vida— hay igualmente algo que sabe.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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