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Un puntapié a los principescos monseñores

El escándalo por el supuesto pago, con fondos de un hospital pediátrico, de la reforma de su ático de lujo, ha vuelto a poner al cardenal Bertone en portada. El cardenal se defiende: «No me voy, treinta cardenales tienen casas mejores». No entro a dilucidar si la financiación de la reforma está o no en consonancia con los rumores que corren sobre la misma. Entro sencillamente a mirar al Papa Francisco y su apartamento en Santa Marta que ya supuso un abandono de estancias palaciegas. Y entro a decir que esos cardenales tendrían que estar todos viviendo en sencillez, no como príncipes medievales.

Treinta cardenales, señores míos, son muchos príncipes de la Iglesia cuya pobreza y sobre todo cuyos gestos, no son adecuados a los tiempos en los que se sigue reprochando la riqueza al Vaticano. Riqueza desde luego de edificios adquiridos por donaciones, pero donde estos monseñores viven con lujo, no con pobreza, ni al estilo de Francisco, que es lo que vino a proclamar con su gesto cuando se fue a Santa Marta.

Tenemos en todo caso un ático de muchos metros cuadrados, que para un simple mortal con vistas a estar cerca a presentarse ante el Señor, no hace ningún favor a la Iglesia. Y no voy a entrar a juzgar si las finanzas de monseñor Bertone han sido o no han sido las que cubrieron los gastos. Que en cualquier caso fueron bastante elevados.

Lo que decimos desde abajo es que no se puede vivir en la opulencia y predicar la pobreza. Y cuando se ven esas cosas, se está haciendo daño a la Iglesia. Por eso monseñor Bertone y otros cardenales deberían ser desalojados de sus apartamentos principescos con un puntapié en el trasero.

Y a buscarse la vida retirada del cenobio, como hizo Benedicto XVI. Oración y penitencia, pobreza y sencillez. Máximas que se necesitan ver y contrastar entre los purpurados, máximas en las que no sólo se estaría predicando sino también dando trigo.

Basta ya de hablar de la opción preferencial por los pobres, cuando uno está cenando un chuletón regado con buen vino. Con servicio doméstico que hace todas las funciones necesarias para que el monseñor viva en su jaula de oro. Así no vivía el obispo Bergoglio, de quien se nos cuenta que se hacía él mismo sus propias labores domésticas en Buenos Aires.

Pues eso, se necesita aires nuevos en la curia. Aires nuevos que muestren la sencillez de vida, la opción verdadera por los más sencillos y no la opulencia del poderoso que visitan los restaurantes de cuatro tenedores junto a su equipo, para celebrar lo bien que se llevan entre ellos mismos.

Algo huele a podrido con tanto palacio principesco al servicio de quienes están llamados a predicar con el ejemplo de una vida austera.

 

Carmen Bellver

Periodista Digital

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