
Amar el mundo es aprender a mirar despacio: reconocer a quien pasa desapercibido, acercarnos a la herida sin exaltarla, y tender la mano que sostiene. La solidaridad no es un gesto grandioso, es hacer sitio: en la mesa, en la calle, en la memoria. Cuando compartimos, lo pequeño se vuelve suficiente y lo frágil encuentra abrigo. Que nuestra vida sea un sí a la tierra que nos alimenta y a las personas que viven al borde. Porque el amor no condena: cuida, levanta y acompaña. Hagamos comunidad.
