V Domingo de Pascua
3 de mayo
Jn 14, 1-12
La metáfora del “Padre” se ha revelado sumamente eficaz para construir una imagen antropomórfica de Dios, característica, además, de una cultura patriarcal. Dentro de la tradición cristiana, el hecho de que Jesús se refiera al Misterio como “Abba” (Padre) abrió el camino para que esa fuera la denominación preferida con la que dirigirse a Dios.
El problema es que toda imagen de Dios, sin excepción, es solo un constructo humano. Y todo constructo se caracteriza por el fenómeno de la proyección. El resultado solo puede ser uno: un dios antropomorfo. Con rasgos más hostiles o amorosos, pero antropomorfo al fin.
Desde la mente no puede hacerse de otro modo. La mente nos sitúa en una consciencia de separatividad, en la que, en la práctica, el yo es la referencia última. Desde tal consciencia, dios es visto como un ente separado, al que el creyente busca aproximarse. Sin embargo, haga lo que haga, siempre encuentra un hiato insalvable. Y dios sigue quedando oculto en una trascendencia inasible.
Al pasar de la consciencia de separatividad a la consciencia de unidad, hay muchas menos construcciones mentales, se incrementa el silencio de la mente y la persona se adentra con facilidad en la sabiduría del “no saber”. Pero, sobre todo, vive con intensidad el presente y la unidad. Mi mente no sabe cómo es todo, pero tiene la certeza de que todo es uno. No sé ni cómo llamar al Misterio —por definición, lo innombrable—, pero descanso en su plenitud. No necesito imágenes que respondan a las necesidades y expectativas de mi yo, que es trascendido. No voy buscando al “Padre”; me reconozco en él. Porque, como dice el Jesús del cuarto evangelio, soy él: “El Padre y yo somos uno”.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
