Fe Adulta

Yo soy el camino, la verdad y la vida

Sin duda hemos escuchado estas palabras muchas veces. Las interiorizamos de nuevo porque nos recuerdan que el itinerario del ser humano pasa necesariamente por Cristo. Este encuentro, personal y comunitario, no va seguido de prodigios ni privilegios, sino que se manifiesta a través de sus obras, que son obras a favor de la liberación humana. Igualmente, la Iglesia, en nombre de Cristo resucitado, continuará esas mismas obras, y ellas serán motivo de credibilidad.

Ha llegado a ser normal que nadie sirva a nadie, que el servicio es un trabajo remunerado y poco valorado. ¿Quién es capaz de tener como horizonte y proyecto de futuro ponerse a servir a los demás? También es cierto que habría que diferenciar el significado de ‘servicio’ y el de ‘servidumbre’, que por desgracia se han confundido bastante. Los que tienen dinero, poder e influencias conquistan y dominan con el poder arbitrario de la riqueza a hombres y mujeres pobres, siervos/as bajo su dominio. Cuanto más poderosa es una persona, o un grupo social de élite, dispone de más servidores y aquellos, a su vez, no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos, de sus decisiones, de sus abusos.

Quien tenga esta mentalidad mercantilista, opresiva que rodea nuestro mundo, no entenderá los criterios evangélicos sobre el servicio a los demás. El servicio es la manifestación de que nos amamos los unos a los otros. El amor es una preocupación mutua, en la que los/as que se aman están dispuestos a conllevar la trabajosa vida de cada uno/a. Es un amor que no puede reducirse a meras palabras, sino que ha de manifestarse en actos. Estar pendiente del/a otro/a, atentos a sus necesidades con una actitud de ayuda, es el servicio.

Es lo que recoge Juan en su Evangelio: “Yo soy el Camino (que conduce al Padre), yo soy la Verdad (que ilumina los pueblos), yo soy la Vida (que aviva al mundo)” (14,1-6) Es una expectativa cierta, aunque no haya tenido lugar. Su palabra es una acción que ensancha la verdad y la realidad y crea en ella nuevas posibilidades.

Es una verdad que se convierte en compromiso al ser proclamada. Su eficacia se manifiesta en el fuerte vínculo con su pueblo y lo orienta hacia el futuro a través de la fidelidad y el mandato del amor. Las promesas de Dios hablan del futuro, pero se gestan en el presente tomando decisiones y acciones necesarias.

Comienza con unas palabras de consuelo y esperanza: “No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias… para que donde estoy yo estéis también vosotros”.

La exquisita pedagogía de Jesús suscita en los/as discípulos/as preguntas a las que él responde. También a nosotros/as hoy. Utiliza la fórmula ‘Yo soy’ que revela su identidad más profunda. Juan pone en boca de Jesús la expresión ‘Yo soy’: el pan vivo (6,51), la luz del mundo (8,12), la puerta (10,1.7), el buen pastor (10,11-14), la resurrección (11,25), el camino, la verdad y la vida (14,6), la vid verdadera (15,15), el rey (18,37) … Nos recuerda que Él habla y actúa en nombre de Dios, algo que escandalizaba a los judíos (Jn 8,58-59) pues se identificaba igual a Dios y eso era considerado una blasfemia inadmisible.

Jesús se nos presenta como camino, verdad y vida. Son tres dimensiones que se complementan. Cristo es el ‘camino’ que lleva a la vida. Cristo es el ‘camino’ que nos lleva a la verdad. Cristo es la verdad hecha camino. Cristo es la vida verdadera. Nuestra salvación es seguirle, conocerle y amarle[1]. Amarnos unos/as a otros/as.

Para Jesús el ‘camino’ que lleva al Padre pasa por la no violencia, el perdón, la reconciliación, la humildad, la entrega, el servicio. En ese itinerario están en un lugar prioritario los enfermos, los pobres, los que sufren, especialmente las mujeres: pobres, sin derechos, sin voz, maltratadas, violentadas. El ‘camino’ es Cristo, el ‘camino’ es la persona, el ‘camino’ son los/las vulnerables.

El camino no es un conjunto de doctrinas, dogmas, cumplimientos o méritos, sino una persona, Él mismo. Creer en Jesús es confiar en él, aceptar su palabra, vivir como él vivió. El camino que Cristo nos muestra es el camino del amor, de ponernos en marcha, de actuar, de arriesgar y entregar nuestra vida.

¿Qué decir de las restricciones y/o discriminaciones que la Iglesia católica sigue manteniendo con las mujeres respecto a la predicación oficial de la Palabra, su negativa al acceso del diaconado y del presbiterado? Si el Maestro rompió todos los convencionalismos sociales, culturales y religiosos, si derribó las barreras que existían y todavía persisten entre hombres y mujeres, e inauguró el discipulado de iguales como espacio abierto al encuentro fraterno-sororal, ¿cómo se mantiene todavía esa injusta división y opresión?

Seguimos manteniendo barreras por el mero hecho de ser diferentes unos de otros, tener otra cultura, lengua, religión, raza, sexo, género, estatus social, etc. Creer en la buena noticia de Cristo es trabajar para que desaparezca todo lo que nos separa y divide. Recordar a Pablo: “¿Quién te hace a ti superior?, ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?” (1Cor 4,7)

En los escritos joánicos la palabra ‘verdad’ aparece con frecuencia y con muchos matices. El sentido bíblico de ‘verdad’ remite a un significado existencial que también incluye la idea de integridad moral y ética, una dimensión liberadora. En el texto que nos ocupa, la verdad se emplea para describir a Jesús como la realidad suprema y la revelación definitiva de Dios.

Conocer la verdad significa experimentar a Cristo aceptando sus enseñanzas como verdad absoluta y viviendo en fidelidad a ellas. El verdadero discipulado al que somos llamados/as, supone vivir la verdad de Cristo de forma experiencial. No se trata de una verdad conceptual de la mente o el intelecto, sino la verdad de quién eres/soy más allá del nombre y la forma.

Darnos cuenta de que dones, talentos, carismas o conocimiento todo proviene de la gracia divina y nos permite reconocernos hermanos/as unos/as de otros/as. Descubrir la verdad es fruto del encuentro personal con el Dios de Jesús. De hecho, nos puede llevar a buscar la verdad en lugares totalmente inesperados, con personas de otras creencias y en cualquier circunstancia.

El concepto ‘vida’ es la expresión más rica para expresar la capacidad de nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar y morir de un ser vivo. Algo difícil de definir en pocas palabras.

‘Vida’ es el término teológico preferido de Juan. Es la vida de Dios que se comunica a los hombres y mujeres por medio de Jesús, su Hijo. Expresa un don especial de Dios: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Jesús, Mesías e Hijo de Dios es la Palabra de la vida, la vida misma manifestada; el contenido de esa Palabra es el amor leal, incondicional.

Cristo viene a la tierra a traer palabras de vida, a eliminar todo lo que impida a una persona vivir en plenitud. Apuesta por la calidad de vida de hombres y mujeres, les hace saber que son hijos e hijas y no siervos, así como el cuidado de la creación.

La comunidad cristiana en el mundo no tiene más sentido que ser servidora de los hombres y mujeres. La Iglesia, como sacramento de la salvación, tiene que manifestar a todos el amor y el servicio. ¿A qué tiene miedo?

 

Mª Luisa Paret

 

[1] I. Vega Amado, Yo soy el camino, la verdad y la vida, Y vosotras, ¿quién decís que soy yo?, DDB, Bilbao, 2000

Comparte FeAdulta Facebook