DOMINGO IV DE CUARESMA (B)
(Jn 3,14-21)
Moisés elevó la serpiente. El hijo de hombre será elevado. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en él. Dios no mandó su Hijo al mundo para condenarlo sino para que se salve. El que cree no se condenará; el que no cree está condenado. La causa de condenación es que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas. El que obra mal no se acerca a la luz para no verse acusado. El que realiza la verdad, se acerca a la luz para que se vean sus obras.
La ley tampoco arregla las cosas
El domingo pasado quedó desprestigiado el templo. Hoy pasa lo mismo con la Ley. Jesús no deja títere con cabeza. La única solución será nacer a lo nuevo. Ni el templo ni la Ley son ya capaces de dar auténtica Vida.
Nicodemo va a casa de Jesús buscando una nueva interpretación de la Ley. Jesús le da un corte de manga y le advierte que donde hay que encontrar la salvación es en un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu.
No es un discurso de Jesús. Recordemos que Jn pone en boca de Jesús una cristología muy elaborada en aquella comunidad de finales del siglo primero.
La serpiente representaba al dios Ranenutet, que era a la vez veneno y antídoto, muerte y vida. Así la muerte de Jesús en la Cruz representa a la vez la muerte que opera en los que le condenaron y la vida que él manifiesta.
La salvación es Vida que viene de Dios. Es gratuita y absoluta, no una alternativa a la condenación. Exige una adhesión que debe manifestarse en obras. No viene de fuera sino que debo descubrirla dentro de mi propio ser.
Fray Marcos
